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Unas veces, todos contra todos; en pocas ocasiones, con ninguno, y otras tantas, como ahora, todos con todos. ¡Qué revoltijo! Pero así se mueve la política. Mientras se diseñan las jugadas con precisión, crece el desprestigio de los partidos y se degrada un ejercicio que, se supone, debería propender por el bienestar común. Nada queda ya de ideología identitaria ni mucho menos de las supuestas líneas rojas que suenan tan convincentes de cara a las tribunas. Gruesas o delgadas, terminan siendo negociables, porque no hay voluntad que se resista a una buena o, incluso, mínima tajada de dulce y colorida mermelada.
¡Y sí! Estamos en lo de siempre. Sin embargo, jamás proyectamos presenciar la concreción de solapados coqueteos entre dos fuerzas archirrivales. La feria de guiños entre el Pacto Histórico y el Centro Democrático -por más que lo nieguen-, dispuestos a unirse con tal de truncar la movida en la que se obstinó el próximo gobierno, sumada al que, por las cuentas, tal parece que fue un momentáneo acomodo de la Alianza Verde, reconfirma las amañadas maneras que en absoluto honran la representación que, con su voto, la ciudadanía entrega a quienes después se pavonean bajo la dignidad de honorables congresistas.
¡Qué revoltijo y qué descaro! ¡Qué falta de interés por recuperar una favorabilidad institucional que acumula años de capa caída! Aunque, a decir verdad, igual indignación se aplica a quienes, por “alguna razón”, contribuyeron en las urnas a que personajes como Wadith Manzur, Martha Peralta y Karen Manrique pudieran reelegirse. Pero volvamos al tema: la falta de empatía del Legislativo con el momento presente, marcado por la polarización extrema, la desconfianza y el desencanto, solo perpetúa la politiquería a la que, en mala hora, nos acostumbramos. Sobraba el espectáculo que desnuda las viejas prácticas en las que los enemigos, como si nada, pueden volverse amigos para después enemistarse de nuevo y viceversa. ¡El trabalenguas de la política!
Ahora, ¿por qué Alfredo Deluque? La apuesta pretendía ir más allá de contar con el Partido de la U, suma que, por supuesto, importa. No obstante, el florero de Llorente, de corte santista y por un instante creyente en la paz total, significaba, a la vez, la ficha de ajedrez responsable del jaque mate que, de haberse consumado, habría permitido sellar el pulso de poder entre una militancia que se pensaba única dueña de las banderas de la derecha en Colombia y el outsider por el que se negaron a apostar en su etapa incipiente y que terminó por seducir a figuras que, hasta hace unos cuantos meses, eran uribistas pura sangre.
Devenir poco obvio, en todo caso, pues la visión de país de Abelardo De La Espriella comulga con las tesis de la bancada que, de manera temprana, se declaró partido de gobierno; riñe, sin reparos, con los efectos colaterales del acuerdo de paz del expresidente Juan Manuel Santos, y rechaza de tajo las premisas que dieron vida al fallido proyecto de diálogo con las decenas de grupos armados y bandas delincuenciales que buscan amedrentar al Estado colombiano. ¡El trabalenguas se sigue trabando!
Aunque poco entendamos, lo cierto es que el primer año suele ser un romance entre el Capitolio Nacional y la Casa de Nariño. Con la victoria de Honorio Henríquez veremos, entonces, cómo empieza a escribirse la historia de una administración que sabe que necesita mostrar resultados tempranos.
No se trata solamente de ganar las batallas política y económica, sino también las batallas cultural y del lenguaje, con el propósito de recuperar lo perdido y construir un país mejor
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