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Analistas 14/06/2026

Las expectativas ya hablan: ¿Ignorar o actuar?

Carlos David Alape Gamez
Analista de Mercados en Aval Asset Management, experto en Economía y Finanzas, investigador y docente universitario

La inflación de los servicios—excluyendo el peso de arriendos— cerró el mes en 9,1%, casi 2,5 puntos porcentuales por encima de lo registrado en diciembre pasado. El detonante es conocido: el aumento del salario mínimo de 23% para este año, el mayor ajuste en más de una década está empujando aún los costos de las empresas hacia los precios del consumidor con una velocidad que pocos anticipaban.

El problema no es solo el nivel. Es la dirección. Las medidas de inflación que filtran los componentes más volátiles para revelar la tendencia de fondo también aceleran. La inflación núcleo pasó de 5,3% en diciembre de 2025 a 6,1% en mayo de 2026. La inflación total escaló de 5,1% a 5,8% en el mismo período. No es un susto pasajero; es un proceso que se está instalando en la economía.

Lo que hace más preocupante el panorama es lo que piensan quienes toman decisiones de inversión, ahorro y fijación de precios todos los días. Las encuestas del mercado muestran que la inflación esperada para el cierre de 2026 subió de 5,2% en diciembre a 6,5% en mayo. Las expectativas para los próximos doce meses pasaron de 4,6% a 5,7%. Aquí vale la pena detenerse. El Banco de la República tiene como mandato mantener la inflación en un rango entre 2% y 4%, con una meta de 3%. Las expectativas no solo superan esa meta; superan incluso el techo de lo que el Emisor considera aceptable. Cuando el mercado espera precios por encima de ese límite, la discusión deja de ser técnica y se convierte en una pregunta sobre credibilidad.

Lo que hace la situación aún más delicada es que esta preocupación no se limita al corto plazo. Cuando las expectativas de inflación para el año en curso y para el siguiente aumentan simultáneamente y con una intensidad similar, ello sugiere que las presiones inflacionarias están dejando de percibirse como transitorias. Estudios recientes, como el de Muñoz (2025), basados en expectativas implícitas del mercado financiero colombiano y en modelos de cópulas estadísticas, documentan este comportamiento durante los episodios inflacionarios de 2008, 2016 y 2022. En todos estos casos, el fortalecimiento simultáneo de la dependencia entre las expectativas de corto y largo plazo anticipó un deterioro del anclaje inflacionario.

El Banco de la República enfrenta entonces un dilema clásico. El aumento del salario mínimo es un choque de costos, no un exceso de demanda. En teoría, se podría argumentar que el Emisor debería esperar a que el efecto se disipe solo para no frenar una economía que ya crece con dificultad. Pero un documento de trabajo reciente del Fondo Monetario Internacional advierte que esa lógica tiene un punto ciego. Cuando la gente no percibe un compromiso claro del banco central con el control de precios, las expectativas de inflación se elevan, las empresas ajustan sus precios preventivamente y los trabajadores piden salarios más altos anticipando mayor inflación. El resultado es que el problema se retroalimenta y termina siendo más costoso de resolver.

El mercado financiero ya tomó partido. Las encuestas de analistas muestran que la expectativa de tasa de interés del Banco de la República para el cierre de 2026 pasó de 9,25% en diciembre del año pasado a 12,0% en mayo, con cinco reuniones todavía pendientes en el calendario, la primera el 30 de junio. Para el cierre de 2027 el mercado proyecta una tasa de 10,5%, lo que descarta cualquier escenario de recortes rápidos. El mercado, en otras palabras, ya anticipó que el Emisor tendrá que apretar.

Colombia construyó durante más de dos décadas una reputación de seriedad en el manejo de la inflación. Esa reputación no es un adorno; es lo que permite que las tasas de interés de largo plazo sean razonables, que el crédito fluya y que las empresas puedan planear. Se construye despacio y se puede erosionar rápido. Lo que está en juego no es solo el dato de inflación de este año. Es la señal que el Emisor le manda a una economía que ya está mirando los precios con desconfianza. La evidencia ya habló.

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