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Analistas 25/04/2026

La nueva inteligencia satelital

Camilo Salah
Vicepresidente de Marketing de MiQ para América Latina

Hace pocos días, el Daily Mail de Londres publicó un reportaje que, sin mucho ruido, deja ver un cambio profundo en cómo se produce hoy la inteligencia geoespacial. Un periodista, desde su computador, analizó la estrategia militar de Irán frente a Estados Unidos con un nivel de detalle sorprendente. No usó fuentes clasificadas ni habló con generales. Usó imágenes satelitales comerciales, disponibles para cualquier ciudadano.

Lo que mostró fue simple y, a su vez, contundente: fotografías satelitales de bases estadounidenses en Jordania, Arabia Saudita, Qatar y Bahréin antes y después de ataques iraníes. Baterías THAAD destruidas y valoradas en miles de millones de dólares, radares de largo alcance dañados y centros logísticos comprometidos. Todo documentado con una precisión casi quirúrgica.

Esto, hace unos años, era impensable. Era información reservada para los Estados y sus centrales de inteligencia. Hoy ya no lo es. Durante décadas, las imágenes satelitales de alta resolución fueron un monopolio estatal. Incluso cuando Estados Unidos abrió parcialmente el mercado de imágenes satelitales en los años ochenta, mantuvo el control en zonas sensibles. En Afganistán, tras el 11 de septiembre, el gobierno compró en exclusiva todas las imágenes disponibles para evitar que terceros accedieran a ellas. Ese modelo colapsó.

Para 2022, cerca de 40% de los satélites de observación terrestre eran privados. Compañías como Planet Labs, Maxar (ahora Vantor) o Airbus, apoyadas con la infraestructura de nube de gigantes como Amazon y Microsoft, han construido un sistema de satélites capaz de fotografiar cualquier punto del planeta con una frecuencia y nitidez que, hace una década, era exclusiva de agencias como la CIA o el Mossad. La observación terrestre ya no es un nicho: ahora es una capa más de la infraestructura global de datos.

Y con esa industria llegó algo que pocos anticiparon: la democratización de la inteligencia.

El caso presentado anteriormente no es aislado. En 2020, analistas independientes demostraron, con imágenes comerciales y videos abiertos, que Irán había derribado por error el vuelo 752 de Ukraine International Airlines minutos después del despegue en Teherán. El gobierno lo negó durante días, pero la evidencia pública lo confirmó antes que cualquier declaración oficial.

Algo similar ocurrió con el portaaviones chino Fujian. Durante años, investigadores siguieron su construcción usando imágenes de satélite disponibles comercialmente. Documentaron desde los sistemas de lanzamiento electromagnético de aeronaves hasta sus primeras pruebas en mar abierto. Todo sin acceso a información clasificada.

Ahora, esta nueva inteligencia se puede desarrollar en salas de redacción, en universidades, en canales de YouTube y en cualquier escritorio con acceso a datos. En 2024, una empresa china publicó imágenes satelitales de la Base naval de Norfolk, el corazón de la flota estadounidense, mostrando portaaviones en puerto. Las mismas herramientas que usa un periodista en Londres para analizar daños de guerra pueden ser utilizadas por cualquier actor para monitorear activos militares sensibles.

Si la regulación digital ha tenido dificultades para limitar el uso de datos personales, el desafío es aún mayor cuando se trata de imágenes del mundo entero, actualizadas constantemente y accesibles de forma comercial.

Al final, el propio video del Daily Mail deja ver una última capa del problema. Israel, por ejemplo, mantiene un sistema de censura militar que impide la publicación de imágenes sensibles de su territorio. Eso significa que el mundo puede ver con claridad los sucesos en bases militares de la mayoría de países, pero no necesariamente de todos los actores. La transparencia es selectiva. Y ahí aparece la pregunta de fondo: en un mundo donde cualquier persona puede acceder a inteligencia que antes estaba reservada para gobiernos, ¿quién decide qué se puede ver y qué no?

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