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Analistas 23/01/2026

El misterio de la estampida de Belgrado

Camilo Salah
Vicepresidente de Marketing para América Latina de MiQ

Por estos días en que tanto se ha hablado de armas sónicas y tecnologías para dispersar multitudes, no pude evitar recordar lo ocurrido el año pasado en Serbia.

“Era como si un avión de guerra o un camión enorme viniera directo hacia nosotros, pero sin saber de dónde venía ni cómo escapar”, relató uno de los 300.000 serbios que se tomaron las calles de Belgrado el sábado 15 de marzo de 2025 para protestar contra la corrupción.

Era una noche fría en la capital. La movilización había sido convocada tras el colapso de una marquesina en la estación de tren de Novi Sad cinco meses atrás, que dejó 16 muertos y desató una indignación nacional. Fue la manifestación más grande en la historia del país.

Durante la tarde, todo transcurrió de forma pacífica: discursos estudiantiles a las 4:00 pm, un coro de protesta a las 6:00 pm, y una vigilia silenciosa convocada para las 7:00 pm en honor a las víctimas. Pero a medida que caía la noche, aumentaron las tensiones: estallidos de pólvora, granadas de dispersión y objetos volando sobre la multitud.

A las 7:11 p. m., mientras decenas de miles guardaban 15 minutos de silencio, un sonido estremecedor atravesó el centro de la protesta. Algunos lo describieron como si algo se estuviera desplomando desde el cielo; otros, como “un ruido salido del infierno”, “la fuerza de mil caballos”, o el motor de un avión de combate volando a escasos metros de altura. En segundos, la multitud entró en pánico. Como si algo invisible la empujara, comenzó a correr de forma sincronizada, abriendo un corredor en el centro de la marea humana. El sonido avanzaba como un tren invisible. Fue una estampida caótica y repentina. Minutos después, la protesta se disolvió por completo.

Lo que siguió fue una mezcla de miedo, confusión y preguntas. Decenas de asistentes reportaron síntomas físicos: zumbidos intensos, desorientación, pérdida auditiva, náuseas y taquicardias. Las redes sociales se llenaron de decenas de videos captados desde distintos ángulos, acompañados de una misma pregunta: ¿qué provocó ese sonido estremecedor?

Pronto surgieron sospechas muy serias. Activistas y medios locales apuntaron al posible uso de un arma acústica: el Lrad (Long Range Acoustic Device), un dispositivo, ilegal en el país, diseñado originalmente para comunicaciones a larga distancia, pero capaz de emitir frecuencias de alta intensidad para disuadir o incapacitar.

La teoría cobró fuerza cuando medios independientes y líderes opositores difundieron fotos de un vehículo policial estacionado cerca del Parlamento con un Lrad montado en su techo. Días después, un oficial declaró bajo anonimato, que había custodiado ese vehículo, y que existían otros similares desplegados en la ciudad.

Bajo presión y luego de negarlo rotundamente, el gobierno Serbio reconoció que había adquirido 16 dispositivos Lrad en 2021, pero negó su uso durante la protesta. El presidente Aleksandar Vučić y el Ministerio del Interior aseguraron que el caos se debió a fuegos artificiales, ruido ambiental y pánico colectivo.

La investigación oficial fue breve. Un informe de la agencia de inteligencia serbia avalado por el FSB ruso concluyó que no se empleó ningún dispositivo sónico. Sin embargo, fue duramente criticado por su falta de evidencias y conclusiones predecibles.

Meses más tarde, la organización internacional Earshot, especializada en análisis forense de sonido y armas acústicas, publicó una investigación independiente muy robusta, basada en más de 3.000 testimonios, videos y entrevistas. Su conclusión fue contundente: los manifestantes fueron, con alta probabilidad, expuestos a un ataque dirigido mediante un arma acústica de tipo direccional. El análisis identificó también frecuencias atípicas captadas desde diferentes dispositivos, una fuente de alta direccionalidad y descartó que los sonidos pudieran atribuirse a pirotecnia. El gobierno no respondió al informe.

Hasta hoy, lo ocurrido esa noche sigue sin una explicación oficial concluyente. Pero una cosa quedó clara: entramos en una nueva era donde tecnologías invisibles, silenciosas, legales o no, pueden generar caos en segundos y disolver derechos fundamentales sin dejar huella alguna.

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