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Analistas 20/02/2026

Dina Powell McCormick asume el liderazgo de Meta

Camilo Salah
Consultor en marketing para América Latina de MiQ

Hace pocas semanas, en una jugada silenciosa pero supremamente estratégica, el gigante tecnológico de California anunció la incorporación de Dina Powell McCormick como nueva presidenta y vice chair de la compañía. El nombramiento pasó relativamente desapercibido fuera de los círculos de poder en Washington y Wall Street, pero dice mucho más sobre el futuro de Meta de lo que parece a simple vista.

La ejecutiva financiera, filántropa y asesora política, proveniente del sector gobierno y muy cercana al presidente Trump, tiene un recorrido poco común que cruza diplomacia, banca de inversión, seguridad nacional y ahora, de forma directa, el corazón de una de las empresas más influyentes del mundo. Su llegada a Meta no parece apuntar a producto ni a diseño, sino a algo mucho más estructural: poder.

Nacida en El Cairo, Egipto, en una familia de clase media, hija de un capitán del ejército egipcio, emigró con sus padres a Estados Unidos siendo niña. Se establecieron en Dallas, Texas, donde su familia operaba una pequeña tienda de conveniencia y su padre trabajó, entre otras cosas, como conductor de autobús. Llegó sin hablar inglés y se formó en escuelas públicas, una experiencia que ella misma ha descrito como decisiva en su carácter y ambición. Más tarde ingresó a la Universidad de Texas en Austin, donde comenzó a trabajar para costear sus estudios y se acercó al Partido Republicano, identificándose con su visión de menor intervención estatal y énfasis en el emprendimiento.

Ese primer paso la llevó a Washington D. C. Durante la administración de George W. Bush ocupó cargos clave en el Departamento de Estado, donde lideró áreas de diplomacia pública y relaciones culturales en uno de los momentos más complejos para la política exterior estadounidense. Su trabajo estuvo enfocado en reconstruir puentes, gestionar percepciones internacionales y operar en escenarios geopolíticos sensibles, particularmente en Medio Oriente. Fue allí donde adquirió una comprensión profunda de cómo interactúan gobiernos, intereses nacionales y poder blando, una experiencia poco común en Silicon Valley.

En 2007 dio el salto al sector privado y se incorporó a la banca privada en Goldman Sachs, donde permaneció durante 16 años en cargos de liderazgo para luego convertirse en socia de la firma. Más allá de la banca tradicional, se especializó en el vínculo con fondos soberanos y grandes inversionistas institucionales, construyendo relaciones de largo plazo entre capital, Estados y proyectos de escala global. Ese recorrido la consolidó como una figura central en la intersección entre finanzas, desarrollo económico y geopolítica.

Su regreso al sector público se dio en 2017, cuando fue convocada por el presidente Trump como asesora adjunta de Seguridad Nacional. Desde ese rol actuó como un puente entre el mundo corporativo, la política y los aliados internacionales de EE.UU. No fue una figura estridente, pero sí estratégica, con una capacidad notable para traducir intereses económicos en lenguaje político. Tras dejar la Casa Blanca en 2018, regresó al mundo financiero con una red de contactos aún más influyente.

Todo ese recorrido explica por qué su llegada a Meta no es casual. McCormick no llega para opinar sobre algoritmos ni para definir innovaciones de producto. Llega para supervisar la construcción de la infraestructura física, financiera y política que exige la nueva etapa de la IA. Meta no solo está apostando por software: necesita centros de datos, energía, conectividad y acuerdos con gobiernos y fondos capaces de financiar inversiones de decenas de miles de millones de dólares.

Es ahí donde Powell McCormick encaja como una pieza lógica. Entiende Washington, entiende Wall Street y sabe cómo dialogar con Estados que controlan capital, recursos y regulación. Su nombramiento como presidenta y vice chair la ubica en el rol más influyente de la compañía, solo por debajo de Mark Zuckerberg, su fundador, y envía un mensaje claro: la carrera por la inteligencia artificial ya no se gana únicamente con mejores modelos, sino con infraestructura, alianzas políticas y capital paciente. Meta (Nasdaq: Meta), cuya acción ronda hoy los US$640 y se acerca nuevamente a su máximo histórico, parece haberlo entendido. Y esta movida lo confirma.

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