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Imagínese por un momento que un padre de familia llega a su casa estrenando un carro último modelo, baja del baúl un televisor de 80 pulgadas y el último PlayStation para sus hijos. Sin embargo, al entrar a la sala, los hijos tienen que esquivar goteras y poner baldes en el piso porque el techo tiene grietas profundas y amenaza con caerse. Cualquier persona con un mínimo de sentido común le diría que antes de estrenar carro y darle lujos a sus hijos, debe arreglar la casa.
Lamentablemente, así se ve hoy la campaña electoral en Colombia. Estamos escuchando a todos los candidatos prometiendo “vuelos a la luna” mientras el techo se está cayendo. Colombia enfrenta hoy un hueco fiscal superior a los $100 billones. Lo más grave es que este déficit, lo estamos financiando recurriendo al “gota a gota” y avances de tarjeta de crédito.
A pesar de este incendio estructural, el bazar de promesas de gasto no para y la lista de “regalos” con bolsillo ajeno crece cada semana. Abelardo de la Espriella ofrece subsidios a las tasas de interés para el agro. Paloma Valencia quiere subsidiar el gas de pipeta para millones de hogares y aumentar el aporte estatal a las pensiones. Juan Carlos Pinzón, por su parte, ofrece 1,1 millones de soluciones de vivienda y becas para estudiar en el exterior. Mauricio Cárdenas ofrece subsidios a la cuota inicial y un millón de cupos de educación gratuita y Juan Daniel Oviedo, Aníbal Gaviria y Juan Manuel Galán coinciden en la receta mágica de ofrecer crédito barato con recursos que el Estado simplemente no tiene. Y ni hablar de Iván Cepeda, el candidato del sector responsable directo del derrumbe de la casa que hoy sufrimos; sus ideas no son otra cosa que instalar cartuchos de dinamita en cada una de las paredes que aún quedan en pie.
La pregunta que nadie responde con seriedad es de dónde va a salir la plata. Mientras las promesas de gasto son astronómicas, las propuestas para reducir el tamaño del Estado son, en su gran mayoría, flojas y puramente cosméticas. Se habla de cerrar consulados, fusionar algunas carteras o eliminar nóminas paralelas y contratos de prestación de servicios (OPS), medidas que, aunque van en la dirección correcta, son apenas un paño de agua tibia para un paciente en cuidados intensivos. En este panorama de timidez presupuestal, el único que ha planteado una cifra de choque ha sido Abelardo de la Espriella, al proponer reducir el aparato estatal en un 40%.
Frente a este gigantesco hueco fiscal, los ciudadanos tenemos que ser radicales. No podemos aceptar ninguna propuesta que implique aumentar el gasto público hasta que no nos den una respuesta clara y honesta de cómo van a cubrir el déficit. Una familia no puede seguir gastando hasta que no resuelva el hueco, y Colombia no es la excepción. El dinero de los impuestos es sagrado y no se puede seguir hipotecando el futuro de las próximas generaciones para comprar aplausos hoy. Primero arreglemos el techo. Cerremos el hueco. Después, solo si el ahorro y la productividad lo permiten, hablamos de decorar la sala. Una Colombia próspera solo es posible si es una Colombia fiscalmente responsable. Como tantas veces hemos dicho: la libertad no es gratis, y su precio empieza por la responsabilidad de vivir con lo que tenemos.
La historia no juzgará esta crisis por los discursos ni por las intenciones declaradas. La juzgará por sus consecuencias, y esas ya empezaron a contarse en muertos
Hay muchos candidatos competentes, comprometidos y conscientes del rol crítico de un congresista en una democracia efectiva, y también hay bastantes personas que no tienen la experiencia ni la motivación adecuada para cumplir a cabalidad un rol tan honorable