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Imagine a un paciente con un tumor agresivo que, al borde del colapso, le exige a gritos a su médico dosis masivas de morfina en lugar de someterse a la dolorosa cirugía que le salvaría la vida. El paciente quiere alivio inmediato, pero lo que necesita es la operación. Si el médico cede por cobardía o por simpatía, no está siendo compasivo. Está siendo cómplice de su muerte.
A tres días de la primera vuelta presidencial, Colombia es ese paciente y la campaña electoral ha sido un desfile de médicos cobardes. Subsidiar la tasa de interés. Regalar viviendas. Subsidios a los veterinarios. Soat gratis. Pagarle la factura de energía a las personas en la costa. La contienda se convirtió en una feria de promesas con bolsillo ajeno donde gana quien ofrezca el vuelo a la luna más barato, pagado, por supuesto, con el dinero de los contribuyentes.
Es un lugar común culpar exclusivamente a los políticos de este espectáculo. Nos encanta tratarlos de cínicos y populistas. Pero la cruda verdad es que los políticos no son alienígenas que invadieron el país; son empresarios del voto que responden a las leyes del mercado. En la política, como en la economía, la oferta se adapta a la demanda. Si los candidatos ofrecen locuras e inviabilidades es porque el electorado colombiano está demandando locura.
Hemos proscrito la verdad del debate público porque la verdad incomoda. El votante promedio no quiere escuchar hablar de esfuerzo, de productividad o de ahorro; quiere escuchar cómo el Estado le va a resolver la vida mediante subsidios, gratuidades y privilegios. Prefiere la fantasía de creer que la riqueza de unos es la causa de la pobreza de otros antes que asumir la responsabilidad individual de crear valor en un mercado libre. Nos hemos convertido en una sociedad infantilizada que prefiere la comodidad de la jaula asistencialista a la incertidumbre de la libertad.
Pero la aritmética de la realidad no tiene ideología, no vota y, sobre todo, no perdona. Mientras los candidatos prometen expandir el gasto, el diagnóstico del país muestra un cuerpo con fallas multisistémicas. Tenemos la nota crediticia más baja en toda nuestra historia moderna. El déficit fiscal proyectado para 2026 supera 5,6% del PIB y se está profundizando, no corrigiendo. La deuda pública llegará a 66% del PIB en 2029. Y la inversión privada lleva cinco años en terreno negativo porque nadie quiere arriesgar su capital en un país que castiga el éxito y premia la caza de rentas.
Thomas Sowell dice que “la primera lección de la economía es la escasez: nunca hay suficiente de algo para satisfacer plenamente a todos los que lo quieren. La primera lección de la política es ignorar la primera lección de la economía”. Esta campaña ha sido el monumento más alto a esa amnesia. Prometer más Estado benefactor sobre un aparato productivo asfixiado no es una propuesta de gobierno. Es una estafa. Cada peso que el Estado promete regalar para ganar un voto este domingo es un peso que tendrá que confiscarle mañana al comerciante, al emprendedor y al trabajador formal.
Lo que Colombia quiere es seguir anestesiada. Quiere creer que el almuerzo gratis existe, que el Estado es un pozo sin fondo y que podemos alcanzar la prosperidad decretando derechos sin necesidad de producir. Pero lo que Colombia necesita, con urgencia de supervivencia, es disciplina fiscal, seguridad jurídica y una reducción radical de la carga que aplasta al sector privado, el único sector que crea riqueza real.
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Porque votar sin pensar en el país es como mercar sin lista: uno termina comprando antojos y olvidando lo esencial. Yo tengo claro el país que quiero