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A lo largo de la historia de la humanidad, el progreso siempre ha sido impulsado por el mismo tipo de individuo: el creador. Aquel que utiliza su mente y su esfuerzo para transformar la realidad, resolver problemas y generar riqueza donde antes solo había escasez. Su antítesis es el administrador del poder, aquel que no aspira al éxito ni sabe crear, pero que se especializa en extraer, expropiar y controlar lo que otros producen. Para este último, su mayor terror es una mente independiente. Una mente que entiende que su destino le pertenece.
Por eso, ciertos sectores se escandalizan profundamente cuando a un trabajador o a un joven se le exponen, sin filtros y con estricto ánimo de debate, las ideas de la libertad. Tildan de imposición, constreñimiento, manipulación o coacción el simple acto de compartir el idioma del éxito y la responsabilidad individual. Pero detengámonos a hacer la aritmética de la realidad: ¿será que el modelo de poder de algunos depende intrínsecamente de la sumisión y la ignorancia de las mayorías?
Quienes hoy fungen como inquisidores del pensamiento asumen que el trabajador y el joven son menores de edad intelectuales, sujetos débiles que deben ser protegidos del “peligroso” poder de las ideas. Ese paternalismo infantiliza al ciudadano. Quien te convence de que eres una víctima perpetua, alimentando el destructivo mito de que la riqueza es una torta fija que alguien más te robó, no te está liberando: te está domesticando. La verdadera coacción no es enseñarle a un individuo a ser dueño de su vida y a hacerse cargo. La coacción real es la de aquel sistema que te quiebra las piernas para luego regalarte las muletas y exigirte sumisión absoluta.
Compartir los principios de la economía de mercado dentro de una empresa no es un crimen; es el acto de mayor generosidad intelectual. Como demuestra magistralmente la economista Deirdre McCloskey, la humanidad no escapó de la miseria gracias a los decretos estatales, sino gracias a la dignificación de las “virtudes burguesas”. El Gran Enriquecimiento ocurrió cuando la sociedad dejó de despreciar al creador y comenzó a honrar la prudencia del ahorro, el coraje de innovar y la justicia del intercambio voluntario.
Quien le explica el valor de la función empresarial a sus colaboradores no los está constriñendo; les está revelando la profunda dignidad de lo que hacen a diario. Les está mostrando que crear riqueza sirviendo al prójimo es el acto de amor social más grande que existe: asumir riesgos con el propio patrimonio para resolverles problemas a los demás.
En esta ineludible batalla cultural, el empresario tiene una obligación moral que trasciende la simple generación de utilidades. Señores creadores de riqueza: su deber no termina el día que pagan la nómina y los impuestos; su deber civil es defender con firmezSociedada las ideas que hacen posible que esa nómina exista.
No pueden pedir perdón por ser exitosos. Compartir las herramientas del progreso con sus equipos es la forma más pura de construir país. La libertad exige la inmensa responsabilidad de pensar por uno mismo. No se negocia, no se esconde para evitar ofender y jamás pide permiso. La mente humana es inexpugnable. O defendemos sin complejos nuestro derecho a prosperar, o nos resignamos a ser súbditos. La elección es nuestra.
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