Analistas

Tiempos ecológicos

Una de las cualidades esenciales de la civilización contemporánea es la compresión del tiempo. Las tasas de descuento y los costos de oportunidad son los instrumentos centrales con los que trasladamos el futuro al presente en la economía, algo que es inexplicable en términos de las dinámicas biológicas, que solo funcionan en “tiempo real”. La aceleración que implica esta característica civilizatoria explica la prosperidad pero también la insostenibilidad.

Muchos movimientos culturales buscan confrontar este fenómeno mediante el retorno a ciertos ritmos lentos: para comer, para viajar, para aprender. Para amar. Los pueblos indígenas también abogan por una visión más pausada de las cosas, lo que desespera a algunos tomadores de decisión que tienen el reloj de los tiempos electorales en contra, cuando no el de las deudas de las campañas. Hay muchos incentivos negativos en la institucionalidad que impiden el despliegue de los fenómenos o su maduración adecuada, con lo cual las cosas se mantienen siempre en sus estados potenciales o de crecimiento temprano. Persiste la cosecha temprana de la energía, que es lo que busca todo inversionista irresponsable: hacerse rico de la noche a la mañana sin mover un dedo.

La pregunta es qué tanto requerimos vivir lento, o si estamos condenados a la cadena de raudales y cataratas que nunca deja madurar una comunidad biológica o una sociedad menos caótica. La metáfora de los sistemas como río puede ayudar mucho, pues Colombia parece estar condenada al “rafting”, un método (si así se le puede llamar) extremo de navegar la historia en el cual por supuesto, muchos perecen ahogados o aporreados, por caída natural o empujón. 

La planeación basada en procesos ecosistémicos puede contribuir con una perspectiva de tiempos variables que corren en paralelo, donde ciertas políticas favorecen la lentitud y consolidación de algunas cosas y otras la gestión de la innovación y la incertidumbre. Un bosque sano siempre tiene árboles muy antiguos con su fauna específica y áreas de renuevo donde medran mejor los oportunistas, en un sentido positivo. La civilización nipona entiende muy bien el significado e importancia de la lentitud, pero ello no la hace lenta: así como los grandes templos del mundo nos ayudan a bajar el ritmo y sincronizarnos con los ritmos del universo, los espacios de la locura tienen su legitimidad, siempre y cuando no nos precipiten al caos persistente. 

La Iniciativa Satoyama, creada por Japón en 2010, se basa en un modelo de pesos y contrapesos para la gestión de los paisajes, reconocido en más de 100 países en donde se busca armonizar los diferentes niveles de persistencia de los usos del suelo y su relación con la institucionalidad: hay que saber combinar la minería con la agricultura, el urbanismo con las áreas protegidas, más en el tiempo que en el espacio. El ordenamiento territorial en esta perspectiva es un resultado de los procesos, no una imposición de las teorías zonificadoras del espacio. No se logra por decreto, como demostró Belén de Bajirá.

La sincronización de las ruedas lentas con las rápidas es probablemente el reto más complicado de una cultura y de la gestión ambiental en cualquiera de las escalas que enfrentemos y requiere una articulación que estamos lejos de alcanzar, en especial cuando la mitad de la humanidad parece querer liberarse de la otra mitad a cualquier costo.