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Salud mental, salud espiritual

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Soy una persona agnóstica, lo que significa que creo que las cuestiones metafísicas no son accesibles a los seres humanos y por tanto debemos vivir en silencio al respecto. Ello no quiere decir, sin embargo, que no sienta un profundo vínculo con el universo y un respeto y emoción muy grandes por su complejidad, su historia y su maravilloso devenir: no estoy segura de necesitar espíritus más poderosos que ello. Por ese motivo, la ciencia, con todas sus limitaciones e incertidumbre inherente, representa para mí la mejor oportunidad de experimentar de primera mano el goce de existir, como aprendí con la nostalgia del ‘Cosmos’ de Carl Sagan.

Para millones de habitantes del planeta Tierra, esa conexión no requirió ninguna epifanía cognitiva, pues aquello que llamamos naturaleza imprime un vínculo indescriptible en sus cuerpos y mentes. Los pueblos indígenas americanos por ejemplo, con conocimientos tan ancestrales como los de las tribus griegas o hebreas, khmer, tai, han, pastún o bantú, por mencionar casi que al azar algunas, construyeron culturas coherentes para explicar su relación con el resto del mundo y regularla, en la búsqueda ética de sentido vital y felicidad. 

En el Putumayo colombiano, las plantas empezaron a hablar al principio de los tiempos, según cuentan los viejos, y ellos a escuchar. Eso llevó a la cultura del yagé, una tecnología de la mente que pocos comprenden, muchos persiguen  y muchos falsifican: hay venta del remedio (así se refieren los taitas al producto, la ayahuasca o pildé) en las calles de Vladivostok; algún desempleado desplumó un guacamayo y se fue a hacer de “indio Amazónico” por el mundo. En América las plantas se hicieron sagradas, y la coca, el peyote, el yopo, la virola, la puerta de una ciencia que occidente no sabe cruzar pues enloquece. Richard Evans Schultes (1915-2001) popularizó el estudio de la etnobotánica como la disciplina grecolatina con la que deberíamos descifrar esas prácticas, con la misma convicción de quien accede al genoma universal.

Wade Davis, estudiante de ese mismo profesor Schultes, recordado por su paso por Colombia en los años 40, recogió la historia en “El río” y por estos días se encuentra documentando los grandes peregrinajes religiosos que permanecen sobre la Tierra, haciendo un llamado para recuperar la cordura de la humanidad. Su libro ‘Ligh at the edge of the world’ (Douglas y MacIntyre, 2001) se cocinó en la Sierra Nevada de Santa Marta, luego entre los barasana del Vaupés, luego en el resto de sus largos viajes por el mundo. Pero en Colombia fue el profesor Jesús Idrobo, botánico y farmacólogo de la Universidad Nacional, uno de los científicos más comprometidos con el derecho de los colombianos a desarrollar sus sistemas de ciencia propia quien defendería con más ahínco el uso sagrado de la coca y las “plantas de conocimiento”, surgido de la experiencia única y diferente de los ecosistemas de este país particular, y dejó un legado que aún estamos lejos de sistematizar. Ojalá sus estudiantes no dejen pasar demasiado el tiempo. 

Unos 30 millones de colombianos mal contados deambulamos por las calles de ciudades construidas por ávidos especuladores del suelo o planificadores preocupados por la calidad del hábitat humano. Millones de ellos, predominantemente mujeres, dependemos de conversar con una planta de yerbabuena sembrada en un tarro reciclado junto a la alberca para mantener alguna conexión con el universo viviente. Millones sentimos que sobrevivir no es suficiente y nos domina la frustración, el desasosiego y a menudo, la ira, por saber que estamos en un país maravilloso y, sin saber cómo, acabamos ciegos y sordos frente a él, pensando en dioses abstractos y a menudo comerciales como alternativa a la locura. Solastalgia, llamaba el profesor Glenn Albrecht a este sentimiento confuso de haber perdido la conexión vital, cuando enfrentaba los paisajes desolados por la minería del carbón en el occidente de Australia, todos con licencia ambiental y licencia social: él mismo, reconocía, estudió y se convirtió en quien es gracias a ella. Nuestros mineros del páramo a veces tienen escuelas, vías, salud, empleo también por ese mismo carbón y crecerán para enfrentar el paisaje que resulte de la actividad. O se irán a la ciudad.

Los tiempos de los humanos son a la vez tan cortos como el hambre que repica cotidianamente y tan largos como la imaginación y la interconexión generacional lo permiten. Esa disonancia nos mantiene al borde de la locura, pero podemos salir a caminar al parque, sentir el verde, escuchar las aves y recuperar esa conexión vital. Si hay parque.

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