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Planeta extremo

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James T Lovelock es uno de los grandes químicos del mundo, y a él debemos el modelo evolutivo de la atmósfera de la Tierra más aceptado. Heredero de las ideas de Vladimir Vernadsky (1863-1945), reconocido como padre de las geociencias y uno de los fundadores de la ecología, señaló cómo los gases que conforman “el aire” no siempre han sido los mismos y que a través de las eras geológicas la relación entre agua, minerales y vida, los regula. Su visión, totalmente materialista, le hace indignarse ante los ambientalistas por el uso de su teoría, denominada “Gaia”, como fuente de misticismo. Hacer equivalente la complejidad funcional del planeta al espíritu de una “madre Tierra” es para él sólo un síntoma adicional de la estupidez humana. 

Acaba de publicar Lovelock un nuevo libro a sus 95 años: “A Rough Ride to the Future” (Penguin, 2014) en el cual plantea cómo la era geológica del Antropoceno se inició en 1712 con la invención de la máquina de bombeo de Newcomen, un herrero inglés quien con base en la combustión de carbón logró construir la primera motobomba para extraer el agua de las minas de carbón y así facilitar la extracción de carbón, una mordaz paradoja de la historia. Considera el autor que, dados esos 300 y pico de años de daño climático configuran un hecho irreversible, la humanidad debe acelerar su propia destrucción y construir sobre el material de demolición. La referencia a “la humanidad”, por supuesto, no es totalmente biológica, es a su civilización industrial, fuente de la diabetes global que sufrimos, una enfermedad adquirida por ignorancia, no maldad. Sugiere además, olvidarse del “desarrollo sostenible”: ya no hay tiempo.

El extremismo de Lovelock no proviene de su ambientalismo. Criticado por muchos por el efecto anímico de sus declaraciones (“el planeta colapsará en el 2030”), pocos pueden refutarlo sin embargo, así algunos columnistas hayan tratado de desprestigiarlo. Impasible, promueve la imagen de la humanidad como “una colonia de hormigas enloquecidas” que ve crecer la inundación y no sabe a dónde dirigirse. Pero propone soluciones: los humanos somos la única especie que colecta y revisa sistemáticamente información como fuente de adaptación y nos hemos convertido en “el sistema nervioso del planeta”. El peor obstáculo para el futuro, arguye, es la burocracia científica, que actúa como la inquisición que persiguió a Galileo.

Llueve torrencialmente en nuestros campos y ciudades y al siguiente instante, nos sofoca la sequía. Este noviembre ya se perfila como el más frío de la historia en USA y 2014, como el año más caliente en el planeta. El reporte GEO-4, liberado hace un mes por el programa de medio ambiente de Naciones Unidas (http://www.pnuma.org/deat1/procesogeo.html), aparentemente otro nido de extremistas, indica que estamos fracasando en todas nuestras metas de estabilizar la salud planetaria. WWF publicó hace meses también su reporte independiente y trágico acerca del “Planeta viviente”, acá reseñado. Nos estamos convirtiendo en un planeta extremo, y sabemos por qué. 

Nadie niega que nuestra responsabilidad moral actual sigue estando con los millones de personas que no disponen de agua potable, nutrición, acceso a servicios básicos de salud o educación, pero la aspiración de proveerles todo ello con el mismo modelo que ha causado el desastre no tiene asidero. Si bien los debates en la Asamblea General de Naciones Unidas acerca de unas “Metas de Desarrollo Sostenible” (propuestas por Colombia en Río+20) adelantan un consenso global en el cual la humanidad busca solucionar sus problemas sociales sin incrementar la degradación ambiental, ello pareciera una tarea imposible: necesitamos infraestructura moderna, necesitamos energía, materias primas para ello y el modelo para hacerlo no es claro. No es asunto superficial: la Unión de Academias Científicas del planeta (Icsu, en inglés) acaba de crear, junto con varias instancias globales, el programa “Future Earth” (futureearth.org), una iniciativa a 10 años para movilizar miles de científicos en la búsqueda de soluciones y miles de millones de dólares comienzan a movilizarse en el Fondo Verde del Protocolo de Kyoto, al fin.

Hemos descubierto casi un millar de planetas en el universo observable y parece que unos pocos podrían albergar vida orgánica como la conocemos. De poder explorarlos viajando por un agujero de gusano, como proponen los hermanos Nolan en “Interstellar”, encontraríamos de seguro la belleza de océanos azules con olas lentas de kilómetros de altura barriendo regularmente su superficie, o mundos de nubes de amonio congelado; tal vez incluso atmósferas de óxido nitrógeno como las de la Tierra, menos tóxicas que las industrializadas. Pero por ahora, el nuestro será el planeta más extremo, que debemos recolonizar.

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