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Orquídeas salvajes

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Una de mis actrices favoritas de adolescencia era Jacqueline Bisset, quien participó en 1990 en una malísima película de pretensiones eróticas que llevaba el mismo título, en singular, de esta columna. La película, en la cual no había orquídeas, se derrumbaba estruendosamente ante la referencia torpe y obvia a la “lujuria tropical”, una construcción mítica acerca de la sexualidad de las zonas tórridas, que llevó incluso en algunos momentos de la historia a considerar perversos sus influjos en la moral de las culturas ecuatoriales. Incluso el Sabio Caldas le tenía susto a viajar a las selvas del Cauca, pues su consciencia adoctrinada le ponía problemas cuando admiraba la belleza de los pobladores de la región.

Ya quisiéramos quienes habitamos las zonas intertropicales disponer realmente de los atributos y habilidades que la atractiva morfología de las orquídeas sugiere en las mentes de muchos, pero que podrían derivarse por igual de los calamares árticos, las alcachofas o los escargots franceses, tan hermafroditas y concupiscentes, a la vez que sabrosos. La mente humana traza conexiones maravillosas entre los seres vivos, a lo que quiero llegar, y convierte una flor, a menudo microscópica, en tal objeto de deseo que acaba destruyéndola. Que es lo que ha ocurrido con las orquídeas colombianas, un don de la naturaleza que abunda en nuestro territorio, al grado de que algunos consideran al país como el más rico del mundo en sus especies: más de 4.000 han sido descritas por la ciencia e insignes orquideólogos han surgido de la mano de su admiración. 

No menos importante que las orquídeas en sí, sin embargo, es el comercio legal e ilegal al que están sujetas y del cual viven “materos”, viveristas y prestigiosos coleccionistas. Gracias a ellos se desarrollan espectaculares exhibiciones de variedades nativas e introducidas, así como de miles de híbridos producidos en laboratorio gracias a los avances de las tecnologías de cultivo. Igualmente, es cada vez más fácil para cualquier persona disfrutar de la compañía de una orquídea, pues abundan los libros para cuidarlas, o simplemente admirarlas. Me atrevo a decir que no hay finquero neorrural en Colombia que no tenga o pretenda tener un orquideario en su pequeño paraíso personal: porque también, con sus pétalos extendidos, las flores de estas especies asemejan ángeles protectores o pequeñas hadas. No es privilegio de las mentes de moral distraída ver cosas en la biología de otras.

Para muchos campesinos, no solo en Colombia, el cultivo y comercio de orquídeas se ha convertido en una actividad promisoria que casi nunca se limita a la compraventa. Las orquídeas, tal vez si consentidas, demandan atención, son caprichosas como la Bisset y no florecen así no más: nos seducen, nos atrapan. Lo cual es bueno, pues nos obliga a sacar lo mejor de nosotros y restaurar un poco el diálogo con la vida, como hace doña Marielita en la vereda Mortiño del páramo de Guerrero, en Carmen de Carupa. Ella, quien empezó con un vivero para facilitar la restauración de áreas degradadas con un proyecto ya extinto, acabó adoptándolas y hoy es capaz de reproducir cientos de especies con cariño y esmero. Y en el abandono, claro está. Óscar, en la Provincia del Tequendama, abajito del Salto, en Cundinamarca, posee un jardín de orquídeas espectacular y conoce y protege la flora de su región con más ahínco que cualquiera. Habrá centenares de casos por toda Colombia y solo para citar un ejemplo, la gobernación de Cundinamarca ha iniciado, con cargo a sus regalías, un proceso de estudio y recuperación de las variedades silvestres, que no salvajes, de este grupo botánico, con el fin de protegerlas y promover su cultivo: hay todo un renglón de la economía que podría fortalecerse con ello, aún después de décadas de robo descarado del patrimonio genético colombiano. Que por otra parte, pronto será fácil de evidenciar a través del uso de herramientas moleculares.  

Curiosamente, los celos y odios entre coleccionistas también son proverbiales. Se crean y destruyen asociaciones de orquideólogos con la frecuencia de su floración, y cada exhibición es escenario de intrigas que harían las delicias de Agatha Christie y hacen pensar que lo salvaje de las orquídeas no es su lujurioso aspecto, perfume o hábitos sexuales y reproductivos, sino el nuestro, liberado por una sencilla flor. A menos que algún demonio esté detrás. ¿O será Jaqueline?. 

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