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Medellín responsable

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Tras dos años largos de trabajo formal y juicioso, Medellín presentó el miércoles pasado su Política de Biodiversidad.En un evento que tuvo lugar en el auditorio de La Alpujarra danzaron una mariposa, una iguana y un hombre-jaguar, quienes entregaron al alcalde un bando de gobierno de la fauna y flora silvestres del municipio. La Secretaria de Ambiente transfirió luego este mismo mandato, ya con el documento programático, a las cabezas del Jardín Botánico, del Zoológico, de la Corporación Explora, la Sociedad Antioqueña de Ornitología, el Parque Arví, Parques Nacionales y las principales universidades, quienes a la vez son los autores de la propuesta.

Medellín ha asumido un compromiso ético con los centenares de especies de plantas y animales de la ciudad, algo que pronto se hará extensivo a toda el área metropolitana. Se entregó también en el evento un pequeño manual de biodiversidad urbana para docentes, y se presentó la página web de la iniciativa (www.medellin.gov.co/biodiversidad), que pretende vincular a toda la ciudadanía en la tarea. La pregunta, sin embargo es, qué sigue: una vez la voluntad ciudadana se ha manifestado, la construcción de la convivencia debe hacerse un hábito y, en medio de problemas acuciantes como la pobreza, la inseguridad, el desempleo, las limitaciones de movilidad y otros males comunes, pareciera que las personas no tienen cómo preocuparse por el resto de seres que comparten su hábitat y, de paso, ayudan a mantenerlo. Días antes en otro evento auxilié por casualidad un ave que se había golpeado en los vidrios de un edificio y una vendedora ambulante se acercó a agradecerme el gesto: “ha salvado una vida” me dijo. Luego, otra persona me contó que había visto los afanes de un colibrí por construir su nido en unos arbustos en una zona residencial y, ante la ausencia de material a mano, le había ofrecido pelo de su gato, que el ave no dudó en utilizar de inmediato. Convivir con otras especies nos alivia la soledad, nos hace mejores humanos…

Contrasta este proceso con las expectativas de consolidación de la Reserva Forestal Tomás van der Hammen en Bogotá, rodeada de agria polémica por los conflictos de ordenamiento y expectativas de uso del suelo, un problema compartido con la Reserva de los Cerros Orientales que pareciera resuelto, pero que ha sido prácticamente imposible de convertir en una propuesta de espacio público para la ciudadanía. La expectativa sería que la capital contara con un extenso anillo de áreas naturales y seminaturales, que incluya el parque longitudinal del río Bogotá y que prestara servicios a toda la comunidad, para lo cual esta debe valorar, no en términos de renta financiera privada sino de bienestar colectivo, los aportes que recibe gratuitamente de la biodiversidad.

Ciudades como Barranquilla, Montería, Riohacha y Santa Marta han manifestado cierto interés en proteger sus espacios naturales, bosques secos, manglares, ríos, playas y humedales, que por demás son espacios públicos por definición y se encuentran invirtiendo recursos en conservación por un lado y mirando para el otro cuando otros poderes se imponen. El caos institucional es manifestación de la inconveniencia de gobernar. Cartagena es, por supuesto, la reina de la contraecología urbana. Bucaramanga habla de apropiar y defender las laderas de la meseta, Armenia las cañadas que contienen los últimos relictos de bosque de la región, Cali de recuperar el río, Villavicencio de proteger cañadas, humedales y la cadena montañosa que la protege y alimenta. Preguntaría a San Juan de Pasto y Popayán en qué andan, temiendo la respuesta de Tumaco, Buenaventura o Quibdó, con ese potencial de ser las ciudades más biodiversas del planeta y, de verdad, los pretendidos “mejores vivideros”.

La ecología urbana es un campo que progresa en todo el mundo y, según me cuentan, Berlín se asesora de firmas colombianas para restaurar y manejar su diversidad biológica. Esperemos que la noción de sostenibilidad urbana incorpore, como en Medellín, a toda la naturaleza como parte de su responsabilidad. Es tarea para la Sure (Sociedad de Ecología Urbana) cuando abra su capítulo Latinoamericano en Bogotá, consolidar réplicas desde Ciudad Juárez hasta Ushuaia.

La identidad humana, nuestra capacidad de construir una conciencia cada vez más compleja y el reto de sobreponernos al caos climático, nos hacen responsables de esas comunidades vivas, desplazadas una vez, hoy parcialmente reintegradas a los hábitats urbanos. Con ellas también hay postconflicto, somos sociedad y compartimos un destino.

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