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Ecología profética

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Una de las estrategias más aplicadas para buscar o impedir el cambio social es apelar al temor hacia el futuro. Particularmente en la coyuntura ambiental contemporánea no es fácil dejar de lado el mensaje apocalíptico, sobre todo cuando los indicadores de cambio climático, destrucción de la biodiversidad o salud ecosistémica apuntan a un probable colapso de los sistemas de soporte vital planetario. Sin embargo, los escenarios futuros más plausibles son casi imposibles de imaginar, salvo que creamos que las visiones de Hollywood son acertadas, en cuyo caso no hay mucho lugar a la esperanza ¡Incluso los superhéroes son cada vez menos omnipotentes!
 
La ciencia, sin embargo, nos previene acerca del pensamiento lineal y, en medio de la crisis, se resiste a ser cooptada por el pesimismo, y mucho menos por los intereses particulares de cualquier grupo social que pretenda poseer “la verdad” para así justificar su proyecto político “salvador”: nada más peligroso que la pretensión de control de un sistema, bien sea por fuerzas de izquierda o derecha, y su justificación “objetiva”. El autoritarismo, siempre apelando a las buenas intenciones, es fatal, pues cierra los horizontes de futuro e impide la evolución de los sistemas complejos, bloqueando la capacidad adaptativa inherente al mantenimiento de la diversidad. El maestro Augusto Ángel Maya dudaba, sin embargo, que la ciencia y sus doctores hubiesen logrado desprenderse de ese hálito religioso que les eleva al altar de lo indiscutible y lo dogmático…
 
La pretensión de ensillar y exprimir las ciencias como mecanismo de predicción funciona en contextos muy limitados y poco adecuados para planificar los sistemas complejos, donde los procesos autoorganizativos derivados de la persistente movilidad de sus componentes hace imposible profetizar. Los estudios ecológicos sistémicos nos han enseñado que es el mismo el caso de la bolsa de valores o del comportamiento de las masas, que se desarrollan dentro de ciertos umbrales discernibles (que sea complejo no quiere decir inabordable), y a su vez definen la estabilidad o inestabilidad del sistema, a la cual nos tenemos que adaptar: el cambio es inexorable. Por eso mismo, una buena investigación nunca recomienda un curso de acción cerrado, sino define y precisa factores y niveles de riesgo ante las posibles decisiones de intervención: no predice. A pesar de ello, la gente se resiente cuando un médico no le garantiza que un medicamento la va a curar, y por eso acude al primero que, falsamente, lo haga. Igual nos pasa con los reclamos a los políticos, sólo que en el fondo, sabemos que sus promesas son intenciones, no profecías.
 
La política ambiental colombiana ha hecho una apuesta a un modelo en que valora la incertidumbre de los procesos sociales y ecológicos interdependientes como un espacio positivo para la gestión: más que pretender que el ejercicio de la autoridad ambiental se desarrolle como una apuesta al control, es decir, policiva (el palo en la rueda), busca identificar los factores que hacen robusta la capacidad adaptativa del país ante los efectos del cambio global. A ello llamamos construcción de resiliencia, y se logra con una política ambiental intersectorial de fondo. El problema es que en la mayoría de espacios de planificación seguimos apegados a una visión regulatoria extrema que tiende a imaginar el futuro como una versión “mejorada”, a veces idílica, del pasado: así operan las ideologías, incluidas las tecnocráticas; son falsificadoras de utopía.
 
Profetizar, pues, como también saben los buenos empresarios y los chamanes, es imposible. La complejidad, que se crea gracias a la interacción de componentes tan distintos de la realidad como los biológicos y sociales, llena de sorpresas las trayectorias espacio-temporales del mundo, y si bien podemos hacer análisis de tendencias, no es la proyección de las condiciones actuales, ni los métodos estadísticos, los que definan los escenarios futuros: un mensaje esperanzador (aunque tal vez nos lleve a confiar demasiado en los “milagros” que se deriven de la capacidad autoorganizativa de los sistemas y de la innovación derivada de procesos emergentes), que sólo opera si asumimos nuevas formas de planificar y pensar nuestras vidas, el país, el mundo. Vivir en la incertidumbre, al fin y al cabo, es una manera de entender la libertad.
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