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Cultivar servicios forestales

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Se han quemado cerca de 100 mil ha de bosque por la extrema sequía y las malas prácticas agropecuarias, es probable que superemos la tasa anual de deforestación, cercana a 130 mil ha/año. Los eventos climáticos extremos pasan la cuenta de nuevo y cuando llueva a torrentes el suelo será arrastrado y disminuirán más el potencial productivo y el calado de los ríos, esto hará peligrar la infraestructura. 

Las invasiones biológicas de plantas o animales -imposibles de ignorar o derogar por decreto- se expandirán como epidemias facilitadas por incendios forestales, avalanchas y encharcamientos. Ni el fuego ni las invasiones son accidentales, resultan de la ignorancia ecológica y la ambición miope: implican riesgos adicionales, costos sociales y económicos que luego alguien deberá asumir. Los cultivadores saben lo que les cuesta en herbicidas o mano de obra eliminar las plantas que compiten con sus cosechas, el resto de la sociedad lo que cuesta limpiar suelos y comida. La salud perdida de los ecosistemas se traduce en costos sociales.

Según un estudio de CONIF (2008), Colombia tiene más de 17 millones de ha para plantaciones forestales, de ellas solo más de 5 millones no requieren ninguna adecuación. Se cultivan apenas 350 mil ha de bosques, poco menos del doble del área que se tala cada año. Importamos, de manera creciente entre 2006 y 2011, 73 y 174 millones de dólares de productos forestales, incluidas briquetas de carbón (¡!). Las estadísticas de exportación de madera denotan nula correlación con la deforestación, que acumulada entre 1990 y 2010 sumó 5,5 millones de ha. Casi todos conocen estas cifras y hechos: tierra apropiada, mano de obra, encadenamiento productivo manufacturero, demanda internacional y tratados comerciales, necesidad de ocupar el territorio de manera rentable y sostenible en el posconflicto: blanco es, gallina lo pone. 

Sin embargo, no hay avance, no sembramos bosques. Un impedimento para la reforestación como actividad fundamental de la economía es la dificultad para pensarla como un cultivo de las mismas condiciones de cualquier otro. Sembrar madera es como sembrar palma, plátano o papa, pero a diferencia de estos, cultivar bosque permite producir regularmente servicios ecosistémicos adicionales a la madera, solo si se adoptan buenas prácticas que ya muchas empresas reforestadoras desarrollan. Lo más importante es el diseño de plantaciones, de manera que parte de los predios mantenga condiciones de bosque natural. Si la producción forestal se combina en mosaicos espaciales de especies de ciclo corto con otras de ciclo largo será factible conectar procesos ecosistémicos y economías de diversos horizontes de productividad. 

Los cañaduzales del Valle producirían madera y otros beneficios a partir de restaurar la función protectora donde antaño se robó al río Cauca su vegetación protectora. Un CIF de producción de segunda generación, con criterios ambientales, ayudaría mucho. Es indispensable diferenciar el manejo del bosque natural, la restauración y el cultivo de bosques, así se pueden combinar bajo la lógica de la producción de servicios ecosistémicos. Necesitamos más ciencia en todos y garantizar su articulación mediante una o varias leyes forestales y la eventual creación de un servicio forestal que recupere la presencia del sector en la economía. El cultivo de árboles con criterio social y ambiental es una buena opción de desarrollo rural en la implementación de los acuerdos de La Habana.
 

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