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Colombia compleja

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Así se titula el último libro de Julio Carrizosa Umaña, promovido y lanzado el viernes pasado en el Jardín Botánico de Bogotá, y en el cual se sintetiza una visión de la gestión ambiental en el país decantada y rigurosa, con base en una de las experiencias más completas que una persona haya tenido en su vida: Julio ha sido autor del Código de Recursos Naturales de 1974 (vigente), director del Igac, del Inderena, del Idea de la U Nacional, y podría considerarse el Decano nacional en el tema, con decenas de artículos, libros y columnas publicadas.

Ya había publicado el autor un texto denominado “Colombia, de lo imaginario a lo complejo” (UN, 2003) en el cual esbozaba los principios de lo que ahora se presenta como una lectura consolidada y obligada de los problemas del desarrollo en nuestro país, al alcance de estudiantes de secundaria y todos los lectores que quieran una interpretación radicalmente distinta de la crisis permanente en la que vive nuestro país y que nos desespera. En síntesis, su propuesta, en la cual he basado muchas de estas columnas, es que hemos sido ciegos y sordos a las condiciones físicas, biológicas y culturales del territorio nacional, y que nunca sabemos si fracasamos continuamente como nación por no entender cuáles son las fuerzas que rigen o contextualizan unos “modos de vida colombianos” éticos, justos, gratos y gozosos. Más cerca de ello está Macondo, indudablemente, pero nada en nuestra academia, sistemas de planificación o institucionalidad construye a partir de ello, muy al contrario: nuestra particular visión del desarrollo continúa su lucha, como cruzada colonial, para transformar el país, vía su simplificación, en lo que no es y no puede llegar a ser. De ahí la persistencia de la pobreza en medio de la riqueza, el conflicto en medio de la abundancia, la creencia en que se requiere “autoridad” y “fuerza” para organizar las cosas.

Cada vez escuchamos más la idea de que a la gente no le gustan las cosas complejas, que la mayoría de las personas opera en entornos con lógicas simplificadas para ser más eficientes y hacer todo más fácil.  Esta evocación falaz de la simplicidad para interpretar la realidad es claramente una estrategia política para disminuir la participación de las personas en las decisiones y distribuir el poder de acuerdo con conveniencias de minorías que, utilizando la propaganda, pretender tranquilizarnos con mensajes adictivos que inhiben la preocupación por el estado del mundo haciéndonos creer que alguien más y mejor está a cargo. Desarrollar visiones propias de las cosas (y respetarlas),  lo que más necesitamos en un planeta que camina al filo de la navaja, no parece ser el principio de la educación y la cultura de los colombianos; basta leer los comentarios a las columnas de opinión de cualquier autor… 

La complejidad es, probablemente, uno de los conceptos más sencillos y útiles del pensamiento contemporáneo. Y para Colombia, una herramienta fundamental para interpretar su extrema diversidad, que es reconocida constitucionalmente pero borrada legislativa e institucionalmente cada vez con mayor ahínco. La competencia entre autoridades, la incoherencia en los planes de desarrollo, la especialización de las funciones de gestión que causan choques de trenes es apenas un síntoma de la incapacidad de entender que los procesos de transformación de la sociedad y los ecosistemas de los cuales hacen parte integral no constituyen una matriz de decisiones paralelas que, con el tiempo, producirán el bienestar de los colombianos: es imposible construir una red de infraestructura eficaz si no se entienden los ciclos hidrometereológicos, al igual que es imposible desarrollar un modelo de agricultura o salud si no se entienden las lógicas ecosistémicas y es imposible construir empresa sin pensar en redes productivas y no simplemente en cadenas. Porque es este procesamiento en paralelo, que nunca se encuentra salvo cuando se enfrenta, el que domina la estructura de la sociedad en sus ministerios o secretarías de gobierno, en sus facultades académicas, en sus especialidades profesionales, el que rompe la realidad con el objeto de comprenderla y operar sobre ella, pero cuando debe reintegrarla solo puede producir monstruos, como el Dr. Frankenstein.

Hay que leer a Julio y entender de complejidad, pues es ahí donde veremos que las miles de especies de plantas y animales con las que compartimos el territorio, las decenas de tradiciones cognitivas y experiencias con las que lo interpretamos e innovamos, constituyen la base de la sostenibilidad y de la capacidad adaptativa del país en la arena de la evolución de las naciones. Entender las relaciones, los sinergismos, las simbiosis debe conducirnos a un lugar donde la riqueza y el bienestar no estén definidos por un simple “slogan”. Colombia, obvio, es la solución. Pero también es el problema…

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