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Biología sintética

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Estamos relativamente acostumbrados al uso de colorantes y saborizantes sintéticos, fabricados a partir de procesos químicos industriales estandarizados y legalmente controlados. La vainilla, por ejemplo, se produce a partir de la lignina (derivada de madera cultivada) y llega a nuestras mesas en forma de aditivo comercial, mucho más barato que el uso de la vainilla original, proveniente de una orquídea epífita (Vanilla sp), de la cual hay al menos 10 especies nativas en Colombia. Para la mayoría de consumidores, la vainilla es un “químico” que se le agrega a las galletas y poco importa si la planta, silvestre o cultivada, sobrevive. A pesar de ello, la vainilla “natural” (silvestre o cultivada) sigue siendo aprovechada y comercializada con un estándar diferente al del producto sintético, bajo la perspectiva de la calidad superior del derivado biológico, mucho más complejo y entre 10 a 100 veces más costoso en los mercados certificados.

Los recientes avances de la biología molecular y celular, combinados con la capacidad computacional están generando una nueva opción que ya produce millones de dólares y un cambio sustancial en la industria de los aditivos alimenticios, aromas y todo tipo de sustancias de uso masivo, incluidos combustibles, fertilizantes o docenas de materias primas como el caucho, el aceite de coco o la manteca de cacao. El procedimiento implica el diseño y construcción de un ADN vía computador y su inserción en una célula autónoma, por ahora una bacteria, por lo cual no se habla de vida artificial (in silico) sino de vida sintética. La idea es privilegiar rutas metabólicas que produzcan, en confinamiento, las sustancias requeridas de síntesis biológica. Se trata de una revolución con todas sus implicaciones: un cambio en modos de producción que rápidamente se convertirán en obsoletos, nuevas realidades biotecnológicas que representan tanto oportunidades como amenazas, nuevos retos de gobierno y muchas preguntas éticas.

La ONG internacional ETC (www.etcgroup.org) ha llamado la atención acerca de los problemas potenciales de esta nueva tecnología y los riesgos que representaría para el ambiente y las economías agrarias. Señala cómo millones de productores rurales perderán sus fuentes de trabajo al ser sustituidas sus fuentes de producción por reactores bioindustriales, con un pronóstico de mercado cercano a los US$40.000  millones para 2020. Si la producción botánica de pachulí, vetiver y azafrán, por ejemplo, se consideran amenazadas, qué  no decir de las implicaciones del café biosintético. Si bien Colombia no es un gran productor de las primeras (estamos atrasados incluso en la adopción de tecnologías obsoletas…), la mayoría de procesos de este tipo requieren ingentes cantidades de azúcar, agua e información genética; todo lo cual tenemos en abundancia. Este último aspecto implica la aparición de un nuevo tipo de piratería, denominada “biopiratería digital” que corresponde a la posibilidad de codificar las porciones de interés del genoma de un organismo vivo autóctono dentro del país y luego enviar la información fuera de él vía digital, para replicarla mediante los procesos de ingeniería molecular referidos atrás. Algo así como imprimir genomas 3D “on line” para su aplicación industrial: ya no es necesario movilizar ranas venenosas a través de las fronteras, ni siquiera sus células, silvestres o modificadas, algo que deja obsoleto el Protocolo de Cartagena sobre Seguridad en la Biotecnología. 

La biología sintética, junto con la nanobiotecnología, representa una de las fronteras más interesantes y obviamente debatibles de las capacidades humanas de modificar el ambiente a su favor. Por ello mismo, configuran un riesgo biológico global del que sabemos muy  poco, como lo ha reconocido el órgano científico del Convenio de Diversidad Biológica (CBD/SBSTTA/18/10 en www.biodiv.org). Para Colombia, donde la expectativa de desarrollo rural campesino y agroindustrial es muy importante, la seguridad biológica no es una formalidad, sino una prioridad, y representa una frontera para las autoridades. El país necesita urgentemente una perspectiva propia al respecto y, ante todo, fortalecer las capacidades de analizar de manera integrada los temas relativos a las invasiones biológicas (facilitadas o espontáneas), el riesgo epidemiológico, la innovación biotecnológica/digital y los factores que inciden en ellas, como ciertos subsidios, normas parciales e interesadas,  políticas sectoriales o el mismo cambio climático. No podemos incrementar irresponsablemente la vulnerabilidad de nuestra biodiversidad o nuestra población, ni afectar la búsqueda de sostenibilidad de nuestra economía.

Colombia discutirá pronto la conveniencia de un ministerio de seguridad ciudadana. Falta ver cuándo y dónde hablaremos de bioseguridad con la misma jerarquía.

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