Analistas

Administrar bioseguridad

En una  reunión internacional reciente, el representante de Australia comentó cómo los ministros de agricultura de su país experimentaban una gran sorpresa el primer día de trabajo al encontrar que su tarea no tenía nada que ver con construir política productiva, sino ocuparse fundamentalmente en temas de bioseguridad: garantizar tanto las condiciones de sanidad de granjas y cultivos como la de los encadenamientos económicos dependientes para la producción industrial de alimentos, cada vez más amenazados por la globalización de enfermedades y los riesgos de aparición de nuevas plagas y pestes.

El comercio abierto, que actúa de manera equiparable al cambio climático, ya disparó la reconfiguración biológica del planeta, permitiendo que en las costas del Mar Negro se pueda pasar de producir solo avellanas a varias decenas de productos, aunque ello conlleve gran deforestación y tal vez que las acciones de una conocida marca de crema de chocolate cambien. Miles de especies se moverán (muchas se extinguirán), construyendo nuevas comunidades vivas en un espacio de tiempo evolutivamente muy corto, lo que implicará un ajuste intenso de sus relaciones de convivencia. En general, virus, hongos y bacterias prevalecerán hasta que el planeta adquiera un nuevo nivel de estabilidad inmunológica, lo que puede nunca llegar en el Antropoceno. Entretanto transferimos y liberamos cultivares con genes de otras especies, para protegerlas (los del maíz ya contaminaron las variedades colombianas), y atiborramos a vacas, cerdos y pollos de antibióticos, generando con ello una gran vulnerabilidad.

Los productores optan por traer ratones para espantar los elefantes, el típico caso de las Galápagos y sus gatos y cabras ferales, o de Australia con sus conejos, camellos y mixomatosis, una debacle para sus praderas ovinas. Pronto se hablará de liberación de nanobots para que desarrollen tareas biológicas y servicios ecosistémicos, algo que podría ser muy útil para limpiar el mercurio de los sedimentos de nuestros ríos y ciénagas, siempre y cuando no se coman el hígado de los pescadores.

Colombia ha introducido, con la mejor de las voluntades, numerosas especies que devoran hoy su naturaleza mágica y causan inmensos costos en áreas económicamente perdidas para la producción de comida. Almejas y algas que ocluyen cañerías, ductos y canales en sistemas de ventilación o refrigeración, riego o alcantarillado, se suman a las millones de antiguas ratas convertidas en ciudadanas, aunque tal vez ahora si tengan un enemigo poderoso en el pez basa que algunos insisten en traer. La idea de que las invasiones causadas por la liberación de truchas y tilapias al medio natural ya se estabilizaron es ingenua: apenas vamos por el primer ciclo de colapso de nuestros ríos y represas. Al menos se comen, dicen los optimistas.

La ruptura de las fronteras biológicas planetarias empezó con la invasión de humanos hace unos 20 milenios en América y continuó con el libre y tradicional flujo de semillas entre comunidades hace 6 u 8, que tal vez fue suficientemente pausada como para generar cierta adaptabilidad. Hoy, acelerada a ritmos epidémicos, genera crisis y oportunidades, por supuesto, pero a velocidad de siglo XXI. Por eso hay que resolver rapidito el problema de los subsidios populistas para invertir en el tratamiento de los riesgos ambientales, prevenir mayor vulnerabilidad y definir esquemas de responsabilidad y seguranza. Y eso, apenas para comprar tiempo.