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Ocaso cartagenero

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Suba usted al cerro de la Popa al atardecer: se le garantiza un espectáculo singular, uno que nunca olvidará. Verá usted, cuando el sol empieza a descender, cómo la luz se vuelve malva, coloreado el Caribe de tonalidades insospechadas, ese Caribe que se extiende majestuoso en el horizonte. Esté atento. Verá el despertar de los edificios modernos. Mejor aún, fíjese en las murallas y en las cúpulas. Mire con atención a la ciudad centenaria, valerosa. Sus sentidos estarán entonces sumergidos en el placer de la belleza.

Pero, atento, no mire usted hacia el sur. Jamás lo haga. Esa misma luz crepuscular hace más insoportable el espectáculo de la pobreza: las casas de cartón, el hambre que se vuelve tangible, los pobres que bailan para olvidar su pobreza, las calles de tierra, la ausencia de alcantarillado. En una palabra: miseria. – ¡Qué triste panorama! – Exclamará usted. – ¿Cómo es posible que convivan estas dos realidades? – La conclusión brotará de inmediato: -O bien, una ciudad gobernada por corruptos, o bien, una ciudad gobernada por incompetentes-. Y, tras un suspiro, añadirá: – o peor aún, una ciudad gobernada por corruptos incompetentes.

Cartagena duele. Duele que cerca de 50.000 cartageneros se encuentren en condición de miseria. Duele que en cinco años haya tenido ocho alcaldes: el actual suspendido por presunta inhabilidad. Duele que en las últimas elecciones atípicas en las que se buscaba reemplazo anterior alcalde, destituido por presunta corrupción, se presentara un abstencionismo de 77%. En fin, duele la pobreza, la corrupción, la indiferencia y el conformismo que la azotan.

No hay analgésico que cure este dolor. Bien podrían decirse, o cantarse, los versos de Alejo Durán: “Yo pensé que un mejoral iba a curarme este gran dolor, pero que me va a curar si es una pena de amor.”

Sí, es una pena de amor lo que hoy produce Cartagena. Una ciudad llena de historia, forjada por héroes silenciosos, pero que se ha acostumbrado a la injusticia, aceptándola con resignación en medio de una desconcertante alegría caribe.

Es hora de preguntarnos el porqué de esta situación. La respuesta es compleja, pero se pueden destacar dos razones: la falta de sentido de pertenencia y la desidia. Alguien, con sentido común, podría agregar también la falta de un buen plan de ordenamiento territorial y de un plan de manejo especial del centro histórico.

Frente a esto, ¿Qué hacer? La solución es igual de compleja que las causas, pero debe partir de algo obvio: una educación de calidad, que enseñe desde pequeños a valorar lo que Cartagena es: un tesoro. Sí, puede sonar romántico, pero es el punto de partida para acabar con el actual sitio que sufre la ciudad.

Los resultados serán a largo plazo. Pero desde ya se pueden tomar otras medidas que mitiguen el caos. Se requiere con urgencia una autoridad que reúna los conocimientos técnicos y jurídicos para ejercer un necesario control urbano, para que al subir a la Popa pueda usted mirar al sur.

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