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Volver al futuro

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Andrés Otero Leongómez Consultor en Investigaciones e Inteligencia Corporativa

La relación histórica de Colombia y Estados Unidos en materia de narcotráfico es como un mal matrimonio, las partes saben el daño que se causan, pero siguen juntos. Esto que parece sacado de una telenovela que describe la relación bilateral entre Colombia y Estados Unidos en materia de lucha contra el narcotráfico.

Muchos aún nos acordamos de las épocas de la famosa descertificación y del virreinato norteamericano en materia de Guerra Contra las Drogas. Llegó Pastrana y el Plan Colombia, que el Presidente Uribe bien supo implementar, y parecía que habíamos encontrado la formula ideal para mitigar el riesgo y disminuir el narcotráfico a su mínima expresión.

Ambos países lograron entender que más que arrodillarnos, era un problema que exigía corresponsabilidad. Por más de una década trabajamos juntos para disminuir la amenaza que el narcotráfico representaba para nuestra democracia, disminuir el número de hectáreas de coca en el país y frenar el flujo del alcaloide hacia los Estados Unidos.

Los narcos, que van dos pasos adelante, se percataron del riesgo para sus actividades y lograron arropar su negocio con el discurso político. Combinando todas las formas de lucha, infiltraron los diferentes grupos armados ilegales y aprovechando el papayazo del Proceso de Paz, utilizaron la plataforma política de las Farc para alegar la conexidad de su actividad con el delito político.

Utilizaron la tensión ideológica con los vecinos y las instancias internacionales afines a su ideología política, para alegar el supuesto daño ambiental y de salud que causaba la aspersión área, pues eran conscientes del impacto que dicha estrategia les estaba causando a sus finanzas ilegales.

Los negociadores cayeron en la trampa y aceptaron quitar el pie del acelerador. Rápidamente volvimos a récords históricos de hectáreas de coca sembradas en el país. A pesar de las promesas de nuestros líderes del momento, que insistían que la sustitución manual era la solución y solo tocaba darle tiempo a su implementación, se fijaron métricas de disminución de producción con la ayuda de los grupos reinsertados a menos de 50.000 hectáreas al terminar su gobierno.

Se decía que sustitución manual iba a ser la gran revolución del campo, pero esto nunca llegó.

A pesar de las buenas relaciones construidas en las últimas tres décadas y la cercanía de la actual administración con EE.UU. por la crisis en Venezuela, la paciencia del coloso del norte se agotó.

Como en el fútbol, no hay que cambiar al equipo cuando se está ganando.

La verdad es que Colombia se metió un autogol en materia de lucha contra el narcotráfico y ahora va a empezar a vivir nuevamente las consecuencias de su política de autodeterminación. Volver a construir el camino que llevó a las autoridades norteamericanas a entender que esto no es un problema de voluntad política del gobierno de turno, va a ser tortuoso. Pero alguien se tiene que dar la pela política y defender que la aspersión área y la extradición fueron la única fórmula que realmente logró hacerle mella al problema del narcotráfico en Colombia.

Presidente, es ahora de tomar el toro por los cuernos y volver a liderar una estrategia militar, jurídica, de inteligencia e interdicción, que vuelva a poner a los narcos contra las cuerdas.

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