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Andrés Otero Leongómez Consultor en Investigaciones e Inteligencia Corporativa

Sergio Jaramillo, excomisionado de paz y uno de los gestores de los acuerdos con las Farc, mostró esta semana un gesto que nos ha faltado a muchos colombianos; gallardía y humildad ideológica e intelectual, dispuesto a tenderle la mano al Gobierno para ayudar a resolver las diferencias que tienen a nuestra sociedad partida y polarizada.

Como en la obra teatral del Siglo de Oro español del dramaturgo Lope de Vega, llegó la hora del ¡Todos a Una como en Fuenteovejuna!

En estas páginas he sido un crítico del acuerdo de paz por el esperpento jurídico que creó con la JEP, por haber cedido a la pretensión de la guerrilla de aceptar el narcotráfico como delito conexo y por haberle dado la espalda a las víctimas, evitando que la cúpula respondiera por sus crímenes antes de ingresar a la política.

La derrota en el plebiscito fue la primera posibilidad de corregir los errores, pero tanto Santos como Uribe prefirieron alimentar su rencilla personal y con cálculo político, evitaron enmendar lo acordado.

La captura de Santrich fue una segunda oportunidad de oro para que las cortes legitimaran el acuerdo y demostraran a los incrédulos que no era un sello de impunidad de espalda a las víctimas. Pero los supuestos custodios de la paz salieron a acusar a la Fiscalía de ‘títere del imperio’ y a defender las actuaciones de un puñado de narcotraficantes para facilitarles su huida.

Gracias a ellos, Márquez y Santrich salieron del clóset. Es una nueva oportunidad para todos aquellos que queremos la paz -la gran mayoría, pero que somos conscientes que hay que hacer algunos ajustes al proceso.
No son necesarias reformas constitucionales, objeciones legislativas, referendos, sentencias de las altas cortes, ni nuevas mesas de negociación. Basta la voluntad política de nuestros líderes para sentarse a buscar una salida política al tema del narcotráfico, responderles a las víctimas, y mostrar que la paz se construye día a día y no es simplemente lo que quedó plasmado en un papel.

A Uribe, a quien todo le endilgan, le ayudaría para demostrar de una vez por todas -en especial a sus críticos- que su intención siempre ha sido sacar a Colombia de un conflicto sin justificación política alguna. Mostrar por qué, a pesar de todas las acusaciones en su contra, es un verdadero demócrata y una persona con dolor de patria y vocación de servicio.
A Santos, que su intención de paz es genuina y que tiene la entereza moral para aceptar errores en el proceso y está dispuesto apoyar enmiendas que ayuden a enderezar el vuelo chueco de la paloma; y que el Nobel lo tiene sin cuidado.

A Timo -quien ha aceptado el fracaso de la guerra que algún día defendió- le ayudaría a convertirse en un verdadero agente de cambio, y no sólo para los muchos excombatientes que él representa, sino por ser el primer líder exguerrillero en la historia en dar ejemplo y responder a las víctimas por los crímenes que se cometieron, ayudando así a pasar la página.

Al Presidente Duque, a demostrar el liderazgo político necesario para resolver los problemas y retos -no solo del proceso- sino del país entero, y hacer un gobierno que silencie a sus críticos, espante la posibilidad de un gobierno de izquierda populista y nos permita volver a creer en nuestros líderes y en la viabilidad del país.

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