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Riqueza vergonzante

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La riqueza en Colombia está mal vista y es motivo de vergüenza y envidia. Este es el discurso político que utiliza la izquierda para vender un modelo de país de igualdad (pero por lo bajo). Este legado, que con razón nos quedó de la época de los narcos y la cultura del dinero fácil, hoy se convierte en la gran talanquera para que nuestra economía pueda crecer y la gente pueda aspirar a prosperar económicamente.

A diferencia de países como Estados Unidos o Alemania, donde el desarrollo y el bienestar de la gente depende del éxito de las personas, empresas e industrias más productivas, en Colombia se hace todo lo posible para asegurar que los sectores productivos de la economía fracasen o les sea muy difícil generar riqueza.

Capitalismo es una palabra que se satanizó.

Nuestros tecnócratas, provenientes de las universidades más prestigiosas del mundo y la banca multilateral, son los primeros en negar su escuela de pensamiento. Una vez llegan a cargos de dirección en el Estado, aplican la misma fórmula que permite seguir fomentando y financiando el Estado gastón y despilfarrador, en vez de tomar decisiones que realmente impacten la calidad de vida de los colombianos. Les da miedo hacer reformas audaces que revolucionen nuestra economía y optan por repetir formulas viejas, aplicar pañitos de agua tibia y patear la caneca para que el próximo gobierno tenga que resolver.

Recientemente leí una entrevista de un personaje que ha ocupado varias carteras de liderazgo en el eje económico del gobierno, donde explicaba por qué los países de la región no crecían y cuál era la fórmula para hacerlo.

Me pregunto, ¿por qué no aplicarla cuando tenía la oportunidad para hacerlo?

El país no crece porque a nuestros dirigentes les da vergüenza apostar por un modelo político y económico que defienda el aparato productivo del país y la generación de riqueza. Las industrias no crecen porque no pueden ser competitivas. Un entorno de constante incertidumbre política, inseguridad jurídica, corrupción, falta de infraestructura, atraso tecnológico y reformas tributarias, hace imposible cambiar la tendencia.

El problema no está en que un político viaje en primera clase, use zapatos de marca o se declare públicamente -“traidor de su propia clase social”. Está en la doble moral de nuestros dirigentes, que profesan una cosa para el pueblo y otra para su vida personal.

Los colombianos tenemos que dejar de protestar y exigir tantos derechos, y más bien apostar por nuestras ventajas competitivas y elegir líderes con capacidad de gestión. Nuestros ingresos mejorarán en la medida en que las empresas sean exitosas y el país tenga un crecimiento económico sostenible y no a punta de limosna o mermelada.

Nuestros líderes tienen que entender que para que mejore el ingreso y calidad de vida de los colombianos, es necesario generar riqueza y no distribuir pobreza. No les debe dar miedo defender sectores de la economía como la minería y el petróleo, la agroindustria, la banca y la industria pesada en general, que pueden llegar a generar prosperidad, crecimiento, puestos de trabajo, incrementos salariales, mejor calidad de vida y mayores ingresos fiscales para la Nación.

En últimas son los empresarios los que terminan pagando la cuenta.

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