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Analistas 15/12/2022

La trompa del elefante

Andrés Otero Leongómez
Consultor en Investigaciones e Inteligencia Corporativa

Cuando Ernesto Samper ganó la Presidencia con dineros del narcotráfico y el apoyo irrestricto del Cartel de Cali, pensé que el cáncer del narcotráfico y la corrupción había hecho metástasis. Lo triste es que tres décadas después, Petro gana las elecciones en segunda vuelta con dos millones de votos sacados del sombrero en zonas abiertamente controladas por el narcotráfico y nadie parece verlo. A diferencia de Samper, que trató de vendernos -sin éxito- que todo había sido a sus espaldas, Petro quiere hacernos creer que él ganó en la Colombia profunda, en las zonas más pobres y abandonadas del país, donde la gente más necesitada reclama un cambio.

Qué casualidad que son las mismas zonas donde el Estado -mediante el Acuerdo de La Habana- cedió el control y el poder político al narcotráfico. Donde las disidencias de las Farc, el ELN, las bandas de delincuencia organizada y los carteles mexicanos operan impunemente y con total libertad. Donde la corrupción es rampante y los políticos tradicionales se aliaron con el gobierno de turno para prometer fantasías y un cambio que nunca llegará. Esa parte del país donde todavía se ve la sombra de la nariz del elefante.

Cuando creíamos haberlo visto todo en Macondo: la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19 y el Cartel de Medellín donde incineraron vivos a los magistrados; ver inmolar a varios líderes políticos y periodistas que se oponían entregarle el país al narcotráfico; y permitir un cambio de régimen constitucional de más de 100 años, solo para que ‘Los Extraditables’ pudieran abolir la extradición; en el 94 permitimos que los narcos eligieran presidente. El capítulo del 8.000 fue uno de los episodios más sombríos y decadentes de nuestra política contemporánea. Fueron cuatro años de un gobierno deslegitimado, arrinconado y descertificado.

Ante la hecatombe, los líderes gremiales, los ‘cacaos’ y la sociedad en general, se dio cuenta de que el país era inviable e inició un proceso de transformación a través del Plan Colombia para recuperar la dignidad de la nación. Tristemente la dicha nos duró poco. De ese país que atraía inversión extranjera y turistas internacionales, que generaba prosperidad económica y aumentaba el poder adquisitivo de la clase media, y que se vanagloriaba de haber desarticulado el paramilitarismo y llevado al narcotráfico y a la guerrilla a sus justas proporciones, ya no queda ni el recuerdo.

Hoy en día la agenda nos la impone el narcotráfico y la Primera Línea con la famosa política de la ‘Paz Total’. Los delincuentes gobiernan y dan cátedra de moral, mientras la mayoría silenciosa se esconde, calla y se adapta al régimen, esperando que sea una pesadilla de tan solo cuatro años. Muchos empresarios creen que, actuando como el avestruz, todo va a estar bien. Lo que no entienden es que hoy pueden ser los terratenientes, las mineras y petroleras; mañana las EPS, los fondos de pensiones y los bancos; pero tarde o temprano llegaran a la puerta de su casa reclamando por más, pues su apetito burocrático y su sed de venganza son insaciables.

Si seguimos permitiendo que -con la excusa de la paz- todo vale, cuando despertemos de este letargo tendremos un país peor que el que nos dejó el bojote en el 98, y eso debería preocuparnos. ¡A despertar pues mijos!

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