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Analistas 06/10/2026

La mala idea de invertir en acciones individuales

Andrés Felipe Londoño
Asesor en transformación digital legal de servicios financieros
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Hoy, comprar acciones individuales es más fácil que nunca. Aplicaciones sin comisión, foros, amigos “expertos” y recomendaciones en redes sociales venden cotidianamente que invertir en acciones individuales como Nvidia, Microsoft o Ecopetrol es una buena idea. Sin embargo, existen varias razones para no caer en esta práctica de moda.

Primero, porque atinarles a las acciones “ganadoras” es muy difícil. Según el artículo académico “Long-Term Shareholder Returns: Evidence from 64,000 Global Stocks”, entre 1990 y 2020 cotizaron en las bolsas del mundo más de 64.000 acciones. Apenas 2,4% de ellas generó toda la riqueza neta que el mercado creó para sus accionistas: US$75,7 billones. El resto, en conjunto, no rentó más que un título del Tesoro estadounidense a un mes. Quien selecciona unas acciones específicas tiene muchas más probabilidades de quedarse con las perdedoras que de pegarle a las ganadoras.

Segundo, porque los expertos tampoco lo logran. Según el informe Spiva de S&P Dow Jones Indices al cierre de 2025, 92,9% de los fondos activos de acciones de gran capitalización en EE.UU. rindió menos que el S&P 500 a 20 años, y 95% de los de renta variable estadounidense quedó por debajo de su índice de referencia. Peor aún, si se tiene la suerte de acertar un año, ese éxito no persiste. Mark Carhart, investigador financiero, demostró en 1997 que los ganadores de ayer no predicen a los de mañana, aunque los perdedores sí tienden a seguir rezagados. Si equipos de analistas con dedicación exclusiva no le ganan al mercado, es improbable que usted lo logre desde su celular a la hora del almuerzo. Tercero, porque los costos del “trading” suelen castigar la proactividad de quien elige las acciones. William Sharpe, premio Nobel, lo demostró en 1991: antes de costos, el rendimiento promedio del dinero gestionado activamente es igual al del mercado, porque entre todos son el mercado. Después de costos, es necesariamente inferior. Cada vez que alguien compra una acción creyendo que está barata, otro se la vende creyendo que está cara. Uno de los dos se equivoca y ambos pagan comisiones. Y en ese juego, la contraparte del inversionista aficionado suele ser un profesional mejor informado.

Cuarto, porque la concentración no se remunera. No es lo mismo apostar a que unas pocas empresas no incurrirán en un fraude o en un incumplimiento regulatorio, ni sucumbirán ante un competidor disruptivo, que invertir en todo el mercado y diversificar el riesgo. Quinto, porque el peor enemigo del inversionista es su propio comportamiento. Escoger acciones invita a operar más, a perseguir tendencias y a creer que uno podrá hacerse rico de la noche a la mañana. Esto incentiva operaciones erráticas que suelen desembocar en pérdidas. No pierda tiempo, dinero ni energía invirtiendo en acciones individuales. John Bogle, fundador de Vanguard, lo resumió mejor que nadie: “No busque la aguja. Compre el pajar”.

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