Analistas 18/12/2020

La única historia importante

Una escena: una pareja de ancianos se esconde en una piscina. Están tratando de huir de un incendio que está destruyendo su casa y todas las casas de su barrio y todas las casas de su pueblo. Ahogados por el humo o calcinados, han muerto sus vecinos.

Él sobrevive, ella muere ahogada en el agua. Una escena: se desprende un gigantesco glaciar en Groenlandia. Un dato: entre 1970 y 2016 se han reducido las especies de peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos en 68%. Esto lo hacemos los seres humanos y lo hemos hecho en una generación. Desde 1990, año en que se publicó el primer informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, se ha emitido más CO2 a la atmósfera que en 240 años anteriores, y acaso que en la historia de la humanidad.

La ignorancia, entonces, no es una excusa. En términos morales el veredicto no puede ser más devastador: los seres humanos, sabiendo lo que hacemos, somos responsables del macroevento más importante en nuestra historia como especie. Más importante aún que la revolución de la agricultura, que la domesticación del fuego y de otros animales, o la invención de la escritura, es el cambio climático.

Como escribe David Wallace-Wells en su reciente libro, El planeta inhóspito (The Unhabitable Earth), el tamaño del fenómeno hace que las palabras que usamos para describirlo -urgente, importante- pierdan sentido para referirse a cualquier otra cosa. Al lado de esta emergencia de la que tenemos noticia desde hace décadas, nada es urgente. El cambio climático es la única historia importante.

Hace unas semanas, llegó el huracán Iota al archipiélago de San Andrés y Providencia. Este huracán, que afectó casi 100% de la infraestructura de Providencia con una fuerza que hace que parezca un evento solitario y raro, se va a volver un hecho más en la cadena de eventos de esta única historia en Colombia.

Las sequías que matan a miles de animales y las lluvias y los deslizamientos que destrozan vías, tumban casas y dejan sin energía a millones de personas, se van a repetir cada año y cada vez van a durar más tiempo. Pronto -en pocos años- vamos a tener seis meses de sequías y seis meses de lluvias, sin reposo en el medio, sin vacaciones.

En menos de cien años, del Amazonas no va a quedar mucho (tan atroz es la deforestación) y el Caribe va a haber sumergido gran parte de los barrios, especialmente los más pobres, de las ciudades del norte de Colombia, desplazando a cientos de miles de personas.

Sí, la paz es importante. Sí, el coronavirus ha sido terrible. Sí, tenemos que hacer una reforma pensional. Sí, la inseguridad está aumentando. Todo esto es relativamente importante. Digo relativamente porque es importante respecto a otras cosas, como el fútbol o el futuro de la Revista Semana. Sin embargo, es relativamente trivial si lo comparamos con el cambio climático, que es, en verdad, lo único que importa.

Si el veredicto es incriminador respecto a nosotros como especie (y como generación) va a ser menos benévolo respecto a nuestros medios de comunicación, que insisten en cubrir emergencias como el Iota como casos aislados y no como parte de un patrón; a nuestra clase empresarial, que se demora en liderar transformaciones energéticas serias y proyectos de mitigación; pero sobre todo respecto a la clase política que, desde hace treinta años, ha mirado para otra parte mientras Colombia se seca y se inunda y se devasta.