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Analistas 20/03/2021

Chicas muertas

Andrés Caro
Analista

Chicas muertas, el libro de Selva Almada sobre tres homicidios de mujeres en Argentina (sobre tres feminicidios o mil feminicidios), y publicado en 2014, habla también sobre Colombia. El Observatorio de Feminicidios de Colombia reportó que el año pasado hubo 630 feminicidios en el país. 630 hijas, esposas, tías, hermanas, amigas, mamás y novias no volvieron a su casa un día (muchas de ellas fueron asesinadas por sus esposos, sus tíos, sus amigos, sus novios y, más bien, un día ya no volvieron a salir de sus casas). 630 mujeres. Mientras escribo esto hay una lancha de la Policía en el río Tunjuelito. Está buscando a una niña de dos años desaparecida. La portada del libro de Selva Almada es la orilla de un río. La imagen de la orilla del río ha hecho pensar siempre en la muerte. Es nuevo eso de que ver una lancha con policías nos haga pensar, como dice un periódico colombiano, en “lo peor”. Lo peor, claro, es otra mujer asesinada por un hombre.

Veo un video que han publicado los hombres de Gentil Duarte haciéndole un homenaje a la chica de dieciséis años que, quizás mientras pensaba en sus tareas o en su mamá o en un novio que dejó, murió en un bombardeo de las Fuerzas Militares. Pienso que ese homenaje es, de nuevo, un reclutamiento forzado, una nueva manera que tiene Gentil Duarte de incorporarla a la fuerza a su guerrilla. Selva Almada dice en su libro: “Yo creo que lo que tenemos que conseguir es reconstruir cómo el mundo las miraba a ellas. Si logramos saber cómo eran miradas vamos a saber cuál era la mirada que ellas tenían sobre el mundo”. ¿Cómo miraba el mundo esa chica de 16 años que quería ir al colegio? ¿Cómo la vemos nosotros? ¿Como una “baja”? ¿Como una guerrillera? ¿Como una posible máquina de guerra? ¿Como a una heroína? Me pregunto quiénes fueron los últimos que miraron a esas 630 mujeres asesinadas y qué vieron. ¿Qué vieron ellas?.

Veo las imágenes de un grupo de mujeres que, durante las marchas por el día internacional de la mujer, trataron de romper y de quemar los muros y las puertas de la iglesia de San Francisco en Bogotá. Esa forma de protesta, tan visible, de romper puertas y quebrar vidrios, critica directamente la violencia contra las mujeres. Mientras a las mujeres las violan, las matan, las queman, un grupo de mujeres, en Bogotá, decidió profanar las puertas de un templo. Ellas no son las primeras que se han atrevido a eso. Martín Lutero clavó sobre las puertas de una catedral sus tesis. Dios, dice el Salmo 107, “quebró las puertas de bronce y desmenuzó los candados de hierro”.

Las puertas y las paredes y las sillas y las ventanas de las iglesias son, sobre todo, símbolos. Para algunas personas representan consuelo y hospitalidad. Para otras, representan la historia de violencia sobre la que la Iglesia Católica se ha construido. Esa violencia ha sido infringida, en gran parte, sobre los cuerpos y las almas de las mujeres. Es a esa violencia, creo, a la que respondieron las mujeres tratando de destruir las puertas y los muros de la iglesia de San Francisco. A la violencia de la iglesia católica, a su machismo, a su historia menos brillante, a su silencio, respondieron ellas dañando unas puertas y unas ventanas.

Tal vez si hubieran podido habrían llegado hasta el altar. Pienso en las activistas rusas de Pussy Riot que protestaron contra la violencia contra las mujeres, el estado ruso y la iglesia ortodoxa desde el altar de la catedral de Cristo Salvador en Moscú. Cosas peores se han hecho en una iglesia. Cosas peores se han dicho, también, desde un púlpito.

El poder simbólico de la iglesia se construye con ritos y con palabras y con edificios y con imágenes. Las feministas han reclamado para sus luchas un poder semejante. Su lucha es, en parte, por esas chicas muertas y por todas las que están vivas y siguen vivas.

(Pienso, ahora, en mi abuela, encontrando sosiego en la iglesia católica, y criando a mi madre y a mis tías, enseñándoles con rigidez a estudiar, a trabajar, a cuidar. Pienso en ella, que le enseñó a mi mamá a quebrar puertas y a desmenuzar candados, y sonrío).