Analistas

En contravía

Apenas acababa de arribar de su periplo por el Medio Oriente y Europa, en donde marcó distancia con todos los líderes de los países aliados de los EE.UU y haciendo alarde de su aislacionismo, al socaire de su frase de clisé “América primero”, cuando le dio un puntapié al tablero, pretendiendo convertir en tabla rasa el Acuerdo de París contra el Cambio climático, anunciándole al mundo el retiro de EE.UU. del mismo. El presidente Trump ya se había anticipado a expedir 14 órdenes ejecutivas derogando las medidas que había tomado el expresidente Obama, borrando con el codo lo que este había hecho con la mano en materia ambiental. 

Este Acuerdo fue suscrito en diciembre de 2015 por 195 jefes de Estado, solo Nicaragua y Siria se sustrajeron del mismo, el primero por considerar que el Acuerdo a su juicio no era satisfactorio y el segundo por estar enzarzado en una guerra civil y su propósito es conjurar el peligro en ciernes de que el aumento de la temperatura global supere los dos grados centígrados con respecto a la Era preindustrial, cuando ya el termómetro marca un incremento de 1,1 grados.

Trump fue enfático al afirmar que “es hora de poner a Youngstown, Detroit y Pittsburgh por delante de París”, siendo EE.UU el segundo mayor responsable, después de China, de las emisiones de gases de efecto invernadero, causantes del calentamiento global y, de lejos, el mayor contaminador per cápita del mundo. ¡Qué barbaridad!

A nadie ha sorprendido este paso que acaba de dar el presidente Donald Trump, que pretende llevar con los ojos abiertos a EE.UU. y al resto del mundo al abismo planetario. Se repite la historia, en 1997 el expresidente demócrata Bill Clinton impartió su aprobación al Protocolo de Kioto y el expresidente republicano George Bush se negó a ratificarlo, esgrimiendo los mismos argumentos de los cuales está echando mano Trump. Según él, el Acuerdo de París “debilita la economía” y “provocaría la pérdida de 2,7 millones de empleos para el año 2015”. 

En su momento Bush manifestó lo mismo, que EE.UU. no estaba dispuesto “a renunciar a sus mayores tasas de crecimiento en aras de darle cumplimiento a las estipulaciones del Protocolo de Kioto”. Sin embargo, como los hechos son tozudos, el huracán Katrina se encargó de darle una dura lección a Bush. Según Lord May, presidente de la Academia Británica de Ciencias (Royal Society), “los daños ocasionados por el Huracán Katrina, fenómeno extremo atribuible al cambio climático que insisten en negar, representan 1,7% del PIB y es concebible que la parte de Norteamérica del Golfo de México sea inhabitada de aquí a fin de siglo”. 

En cuanto a los empleos que supuestamente se destruirían por cuenta de la puesta en práctica del Acuerdo de París en EE.UU., ello no es más que una falacia, puesto que, según un estudio de la Universidad de Columbia, se estima que el sector minero ha perdido desde 2011 60.000 empleos, la mayoría de ellos no atribuibles a las medidas tomadas por Obama, sino por la sustitución del carbón por el gas natural barato, ahora que los EE.UU. se ha convertido, como lo dijo él, en “la Arabia Saudita del gas natural”, gracias a la revolución del fracking. Vale la pena destacar, además, que las empresas que operan en el negocio de la energía solar emplean 374.000 personas en EE.UU., el doble que la industria del carbón. 

Tratando de dorar la píldora envenenada, planteó que “EE.UU. se retirará del Acuerdo de París pero empezará negociaciones para volver al Acuerdo de París o a una nueva transacción en términos que sean justos”. Lo primero que hay que aclarar es que, así lo quiera, el presidente Trump no puede hacer efectivo dicho retiro de forma inmediata, pues en el Acuerdo, que él tanto abomina, quedó establecido en el punto 28 que cualquier país que haya ratificado el Acuerdo y este es el caso, solamente podrá solicitar su salida del mismo tres años después de su entrada en vigor; estamos hablando del 4 de noviembre de 2019. 

Y en cuanto a la renegociación del Acuerdo, este anuncio no pasa de ser una cortina de humo, pues los demás países signatarios del mismo han sido categóricos al afirmar que esa posibilidad no existe. Los gobiernos de Francia, Alemania, Italia y España le hicieron saber al de EE.UU. que “no se puede renegociar el acuerdo porque es un instrumento vital para nuestro planeta, nuestras sociedades y nuestra economía”. Hasta el nuevo mejor amigo de Trump, el presidente de Rusia Vladimir Putin, se desmarcó de él al afirmar que “si esos grandes países emisores, como EE. UU., no van a cooperar, entonces no se podrá consensuar ni firmar ningún acuerdo en este ámbito”. Claro que después dijo que “no deberían hacer un escándalo sobre esto, sino que deberían crear las condiciones para un trabajo conjunto”. Definitivamente el presidente Trump está conduciendo a los EE.UU. en contravía del resto del mundo, lo que no deja de ser un desafío a la comunidad internacional que le puede salir caro.