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Analistas 17/08/2022

No es fácil decir adiós

Alfonso Aza Jácome
Profesor de Inalde Business School

Hay pocas cosas más difíciles que la despedida, que además tiene un evidente matiz nostálgico que complica aun más ese momento. En realidad, lo que pasa es que, en esta ocasión, el que debe despedirse soy yo porque esta será mi última columna.

Me apena un poco haberme ido sin avisar; algo impropio de mí. Así que lo haré con estas 594 palabras para dar las gracias a todos: a los que alguna vez me han leído, a quienes me animaron a escribir, a los que me critican, a los que me corrigen, a los que me recomiendan, a los que me publicaron, pero, sobre todo, a la “musa” a la que todos los escritores acudimos en busca de inspiración.

Han sido más de ochenta columnas repartidas en cuatro años, durante los cuales le dediqué tiempo a pensar los temas, a probar nuevas formas de contar, a buscar las palabras para que el fondo encajara en la forma. No fue fácil, pero tampoco tan difícil como imaginaba al comienzo. Lo más complejo fue superar el “miedo escénico” a coger la pluma y plasmar en un texto mis emociones, mis miedos o mis alegrías que intentaba explicar de la manera más sincera y sencilla posible. Una vez superado, todo se hizo más fácil, incluso se convirtió en algo ameno. Ahora, me voy con la mochila llena de recuerdos y buenos momentos que he coleccionado durante todos estos años.

En este tiempo he compartido mis reflexiones sobre la vida. He ido contando mis experiencias en esta columna quincenal con la certeza de que siempre había alguien al otro lado para recoger mis palabras y leerlas con atención. Y así ha sido; sé que algunos están ahí desde el principio, leyéndome como si se tratara de la correspondencia con un viejo amigo.

Por eso cuesta dejar atrás lo que un día se disfrutó. Duele cambiar de compañía y clausurar ciclos, separarse de eso que te gusta porque se hizo evidente que llegó el momento de soltar lastre. Es la misma sensación que se experimenta al saltar desde un trampolín: el dedo del pie roza la línea del salto para aventurarse hacia el agua que parece distante; se siente el vacío que se extiende al frente. Hay un momento de vértigo y miedo. Es el instante de la soledad. Entonces, nos refugiamos en la idea de que esa sensación quedará en el pasado. Es una impresión reconfortante, pero, desafortunadamente, no muy duradera. Pues, al final, toca decidirse y saltar.

La vida necesita puntos y aparte porque cuando cambiamos, sumamos páginas a la experiencia. Por eso, existen las páginas en blanco para seguir escribiendo. Pero cada capítulo necesita un final, un cierre, y esto no significa que desaparece su continuidad, ese rastro continúa con la historia. En realidad, cada vez que miremos hacia atrás nos daremos cuenta de cómo evolucionan las vidas. Estamos donde estamos y somos quienes somos por nuestras decisiones, pero, especialmente, por nuestras decisiones de despedirnos.

Cuesta decir adiós, pero hay que aprender a hacerlo. No es fácil decir adiós, pero al hacerlo aprendemos a crecer. No es fácil cerrar etapas y visualizar lo que viene. La magia de decir adiós rara vez se ve en el momento en que lo hacemos, porque la magia está en todo lo que viene después, en todo el mundo de posibilidades que se nos abren al comenzar algo nuevo. El adiós tendrá sentido cuando sepamos por qué cerramos y por qué es necesario hacerlo. El adiós solo tendrá sentido si nosotros se lo damos.

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