Arriesgarse a motivar

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La gran mayoría de las personas que renuncian a un empleo explican que la razón principal para tomar esa decisión fue la ausencia de reconocimiento y valoración de su trabajo por parte de sus superiores. Se sienten menospreciados, porque sus jefes dan por hecho su buen trabajo, su lealtad y sus talentos. Y, por tanto, se consideran totalmente reemplazables. Ni siquiera hacen alusión a la falta de recompensas económicas o promociones por su buen desempeño para explicar esa decisión.

Clarence Francis, quien fuera presidente de General Foods en la década de los 50, decía: “uno puede comprar el tiempo del empleado, su presencia material en un lugar determinado, y hasta un cierto número de movimientos musculares por hora. Pero su entusiasmo, su lealtad, la devoción de su corazón, su mente y su alma no se puede comprar. Estas cosas hay que ganárselas.” Las personas vinculadas a una organización necesitan sentir que son importantes para la empresa y que se cuenta con ellos para los planes de futuro.

Por otra parte, la visión personal de cada empleado y la visión de la empresa deben tener coincidencias vitales que permita que se complementen. Por eso, las motivaciones de las personas que trabajan en cualquier empresa dependen del grado de alineación de las metas y objetivos personales -que incluyen necesidades y deseos de superación personal, laboral y académica-, con las metas y objetivos de la organización.

Motivación proviene de la palabra “motivo”, que es la causa o razón que nos mueve para algo. Tener un motivo nos ayuda junto con la fortaleza a superar las dificultades. Según el profesor Carlos Llano, motivar es influir con razones en las decisiones ajenas.

Las motivaciones van más allá de lo económico y pueden ser de distintos tipos: salariales, reconocimiento, poder, aprendizaje continuo, mejoramiento como directivo, etc. Sin embargo, no hay que olvidar que la motivación más importante es la que permite dar un sentido trascendente al trabajo. Me explico: no es suficiente ganar un bono o ser reconocido, debo ser consciente de que con mi trabajo estoy haciendo algo único que transforma la vida de las personas que tengo a mi alrededor, algo que no se queda en mí, sino que me trasciende y es primordial para otros.

Por tal razón, una de las tareas más relevantes del directivo consiste en inspirar a sus colaboradores mostrando de manera racional ese sentido trascendente del trabajo. Y cuando un empleado descubre el sentido de su trabajo tiene una fuerza transformadora que lo convierte en una persona comprometida con lo que hace y, por supuesto, de disfrutar con su trabajo.

Además, es indispensable que los líderes involucren a sus subalternos en el proceso de manera individual y auténtica. Es necesario hacer sentir a los colaboradores que son responsables de los éxitos y no únicamente de los errores. Como los mejores empleados son precisamente los que comprenden el sentido profundo de su trabajo, la mejor manera de reconocerlos es darles la oportunidad para marcar la diferencia. Ellos no trabajan solo por un cheque, quieren contribuir al éxito. Por lo tanto, el liderazgo de los buenos directivos, ante todo, consiste en atreverse a crear oportunidades para ellos: oportunidades para sobresalir, para hacer un cambio positivo, para generar un efecto duradero en la organización.

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