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Pocas cosas resultan tan difíciles de soportar como un jefe que tiene respuestas para todo. Directivos que, amparados en su experiencia y conocimiento, parecen haber perdido la capacidad de dudar. Trabajar con ellos termina convirtiéndose en un ejercicio de obediencia, con escasas oportunidades para pensar, cuestionar y crecer profesionalmente.
La experiencia es, sin duda, un activo invaluable para dirigir. Pero encierra una paradoja: cuanto más sabe un directivo, mayor es el riesgo de creer que ya no necesita preguntar. No en vano, el llamado síndrome de hubris, o enfermedad del poder, describe cómo el ejercicio prolongado de la autoridad puede alimentar la arrogancia, el exceso de confianza y la incapacidad de escuchar.
Un buen directivo estudia, conoce su negocio y acumula experiencia. Pero, sobre todo, nunca pierde el hambre de aprender. Sabe que su responsabilidad no consiste únicamente en ofrecer respuestas, sino en formular preguntas que ayuden a otros a encontrar las suyas.
Preguntas aparentemente sencillas como ¿qué?, ¿por qué? y ¿cómo? permiten comprender mejor los problemas, cuestionar supuestos y explorar alternativas. Pero su mayor contribución no está necesariamente en mejorar las decisiones del jefe, sino en desarrollar la capacidad de análisis, iniciativa y juicio de sus colaboradores.
Y en un mundo inundado de datos, información y respuestas cada vez más sofisticadas gracias a la inteligencia artificial, hay una pregunta que cobra especial relevancia: ¿para qué? Una pregunta que obliga a trascender los medios para reflexionar sobre los fines; que ayuda a conectar decisiones con objetivos, resultados con propósito y acciones con consecuencias. Una pregunta que, bien utilizada, contribuye a formar algo mucho más valioso que conocimientos: criterio directivo.
Pensemos en nuestras reuniones. Hay jefes que las convierten en escenarios para exhibir su conocimiento, mientras sus colaboradores escuchan y toman nota. Otros llegan dispuestos a preguntar, escuchar y desafiar constructivamente las ideas de su equipo. Quienes trabajan con estos últimos saben que deben acudir preparados, no para repetir lo que el jefe quiere escuchar, sino para pensar, aportar, argumentar y defender sus propuestas. ¡Qué extraordinaria oportunidad de crecimiento!
Preguntar, naturalmente, no significa renunciar a decidir. La autoridad exige asumir responsabilidades. Pero un buen directivo entiende que su éxito no consiste en hacerse indispensable, sino en desarrollar personas capaces de tomar buenas decisiones incluso en su ausencia. Personas preparadas, llegado el momento, para sucederlo.
Pregúntese: ¿todavía tiene dudas o su experiencia lo ha llenado de certezas? ¿Cuándo fue la última vez que aprendió algo de sus colaboradores, en lugar de limitarse a decirles qué hacer y cómo hacerlo? ¿Cuándo fue la última vez que una pregunta o reflexión de su equipo lo llevó a cuestionar sus propias convicciones?
Quizá, haciendo más preguntas y ofreciendo menos respuestas, pueda recuperar aquella curiosidad e ilusión con las que comenzó a dirigir. Atrévase a descubrir cuánto puede aprender de quienes lo rodean y cuánto pueden crecer ellos gracias a sus preguntas. Déjese sorprender por el poder de dirigir preguntando. No caiga en la trampa del directivo sabelotodo.
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