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Analistas 18/05/2019

Menos retroalimentación, más aprecio

Aldo Civico
Antropólogo y estratega de liderazgo

Quizás la peor decisión que mis papás tomaron en mi vida fue enviarme a estudiar a un colegio católico en Trento, la ciudad en el norte de Italia donde me criaron. Puede ser que mis maestros fueran buenos como curas, y que fueran unos eruditos en sus áreas, pero seguramente eran unos ineptos en lo pedagógico. Una de las convicciones educativas que tenían era que para motivar a un estudiante a aprender había que resaltar sus ineficiencias, evidenciando permanentemente lo que le faltaba. En mi adolescencia llegué a perder la confianza en mí mismo, a dudar de mi inteligencia y habilidades. Le tenía miedo a ir a las clases. La presencia de algunos profesores me causaba pánico. Finalmente dejé de estudiar y de ser aplicado, perdí compromiso conmigo mismo, convencido que, independientemente de mis esfuerzos, nunca llegaría a alcanzar lo que mis profesores esperaban de mí. Siguieron malas notas, lo que simplemente me confirmó que yo no estaba hecho para el estudio. Años después, cuando finalmente terminé el doctorado en antropología en Columbia University, donde disfruté la enseñanza y el aprecio de extraordinarios mentores, logré una revancha personal en contra de aquel método educativo que padecí en mi adolescencia.

Volví a pensar sobre mi experiencia leyendo un estudio publicado recientemente por el Harvard Business Review, sobre la falacia de la retroalimentación. El estudio cuestiona la suposición que la retroalimentación es necesaria y útil. Critica la hipótesis de que los demás ven más de lo que uno mismo ve, que aprender es como llenar un vaso vacío, y que para lograr la excelencia hay que enfatizar la brecha que existe entre tú rendimiento y un ideal de perfección. En el fondo, dicen los autores del estudio, el error fundamental es suponer que “mi camino es necesariamente tú camino.” La investigación muestra que la retroalimentación es más distorsión que verdad. En otras palabras, la retroalimentación no logra los efectos esperados cuando convierte en un dogma mi definición y metodología de excelencia, cuando la retroalimentación es impartida desde la cátedra. Por el contrario, pienso que una retroalimentación que es ofrecida como una percepción subjetiva y se convierte en una oportunidad de diálogo y de aprendizaje reciproco puede ser enriquecedora.

Esta retroalimentación es aún más productiva cuando la norma no es resaltar lo que hace falta, sino el aprecio por lo que hay. De hecho, ser apreciado es una preocupación constante de todos los seres humanos, independientemente de que sean empresarios, gerentes, artistas, educadores o estudiantes. De hecho, nos sentimos mejor cuando nos aprecian. Nuestra autoestima sube. Estamos más abiertos a escuchar y más motivados a cooperar. Por esto, Roger Fisher y Daniel Shapiro de Harvard University hablan de la apreciación estratégica: “Expresar honestamente aprecio es a menudo la mejor manera para que una persona satisfaga muchas de las preocupaciones centrales del otro”. Con menos retroalimentación y más aprecio, porque cuando encontramos mérito en lo que alguien piensa, hace, y siente, no solamente se cambia el rendimiento, sino toda la cultura de una organización.