En un mundo que es cada vez más exponencial y rápido, quizás una cualidad que necesitamos desarrollar es la capacidad de pensar a largo plazo. De esto está convencido el escritor estadounidense Stewart Brand, quien fundó la Long Now Foundation, convencido que vivimos en una era de miopía que solo se puede corregir promoviendo algún mecanismo o mito que fomente la visión y asumir responsabilidades a largo plazo, donde “a largo plazo” se mide al menos en siglos. Por eso, la organización de Brand creó un reloj de 10.000 años, que escondió en una cueva en Nevada, para concretar la idea de que navegar a través de amenazas futuras requiere adoptar una perspectiva a largo plazo. Diez mil años es casi el lapso que nos separa de los primeros fabricantes de cerámica, que es una de las tecnologías más antiguas que tenemos. El reloj no solo marca los minutos, horas, días, meses y años, sino también los siglos y los milenios. ¿Cómo será el mundo en diez mil años?, ¿en qué condiciones vivirá la humanidad?

Cómo lo destacó el periodista Michael Chabon en un artículo que escribió sobre el reloj, su objetivo no es medir el paso del tiempo hacia un futuro desconocido, sino revivir y restaurar la idea misma de Futuro y hacernos pensar en él. En otras palabras, se trata de adoptar un horizonte de tiempo exageradamente amplio para volvernos conscientes que las decisiones, las acciones y los comportamientos que adoptamos hoy tienen un impacto indiscutible sobre el futuro del planeta y de la humanidad; incluso en la posibilidad de este futuro. Adoptar un horizonte temporal tan amplio será, además, determinante para elegir la utilización que haremos de las tecnologías emergentes para resolver los desafíos que la humanidad enfrenta. De hecho, los progresos tecnológicos de los cuales hoy somos testigos están destinados a crecer de manera exponencial y a impactar cada vez más cada área de nuestra vida.

En su más reciente libro, The Future is Faster than you Think, Peter Diamandis y Steven Kotler escriben que los avances que romperán paradigmas cambiarán las reglas del juego, por lo cual nada será como antes, no serán un asunto ocasional, sino que constituirán la nueva normalidad. Ya dentro de unos años podríamos ver carros voladores, en lo cual está trabajando Uber. Para los dos autores, los efectos secundarios del progreso tecnológico traerán múltiples beneficios, como la posibilidad de ahorrar tiempo, el acceso a capitales, la proliferación de genios, y la longevidad. Pero el progreso tecnológico tiene también sus peligros. Elon Musk, por ejemplo, alerta de las consecuencias nefastas que podría tener para la humanidad el dominio de la Inteligencia Artificial.

Por eso es necesario pensar en el futuro a largo plazo. De hecho, tener un horizonte amplio no es un ejercicio lineal que nos hace imaginar en términos de espacio y tiempo las consecuencias que traerán mañana nuestras acciones hoy. Más bien, se trata de un ejercicio para un cambio de consciencia que nos haga percibir la simultaneidad del presente con el futuro. La visión de la humanidad en diez mil años nos hace escoger hoy el propósito por el cual vivir, trabajar, y crear empresa. Para resolver los desafíos globales de la humanidad, del cambio climático hasta las pandemias, además de la tecnología emergente vamos a necesitar cada vez más líderes conscientes en todos los ámbitos de la vida, la economía, y hasta la política. La formación de estos líderes es hoy un trabajo urgente.