Analistas

No es la inequidad

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Alberto J. Bernal-León

Me tiene mal Chile. Me parece demasiado grave que el país más justo y más próspero de Latinoamérica esté viviendo lo que está viviendo en este momento. Deja un sentimiento de tristeza absurdo ver cómo una manada de terroristas destruyeron esa joya de ingeniería que es el metro de Santiago. Lo digo con conocimiento de causa, porque siempre que voy a Santiago me movilizo en ese metro, y créanme cuando les digo que es un metro de primer mundo. Pero el punto acá es que los eventos recientes de Chile demuestran que nuestro pueblo latinoamericano no ha podido salir de esa tragedia que es la envidia. Ah, y obviamente, que la dictadura de Diosdado Cabello sigue siendo extremadamente poderosa.

Preocupa que Latam aún no haya entendido que el problema no es la inequidad, sino la pobreza. El objetivo de la política pública tiene que ser acabar con la pobreza, no buscar que el ingreso sea equitativo entre los miembros de la sociedad. Y qué mejor forma de probar ese punto inequívoco que recordar este cuento legendario: Economía De Bar. Supongamos que 10 hombres se van a tomar cerveza a diario, y que la cuenta del consumo llega a US$100. Si estos individuos decidieran pagar la cuenta de la misma forma como la gente paga el impuesto de renta en Occidente, entonces el pago sería así: los primeros cuatro individuos no pagarían nada. El quinto pagaría US$1. El sexto US$3. El séptimo pagaría US$7. El octavo US$12. El noveno pagaría US$18, y el décimo, el más pudiente, pagaría US$59.

Un día, el dueño del bar les dice a sus comensales: “como ustedes son tan buenos clientes, les voy a reducir la cuenta diaria de US$100 a US$80”. El grupo agradece el gesto, y decide que el ahorro se debe distribuir en forma equitativa entre los que pagan la cuenta. Sin embargo, el grupo se da cuenta de que si se dividen los US$20 entre seis, se le estaría pagando por tomar cerveza al quinto y al sexto individuo del grupo (US$20 entre seis da US$3,33). El dueño del bar, viendo la inconsistencia aritmética, aconseja lo siguiente: “¿por qué no dividen los ahorros en la misma proporción del pago?” El pago queda entonces así: ahora los primeros cinco miembros del grupo no pagan nada. El sexto individuo ahora paga US$2 en vez de US$3 (implica un 33% de ahorro), el séptimo individuo paga US$5 en vez de US$7 (28% de ahorro), el octavo paga US$9 en vez de US$12 (25% de ahorro), el noveno paga US$14 en vez de US$18 (22% de ahorro), y el décimo, el más rico, paga US$49 en vez de pagar US$59 (16% de ahorro). El arreglo parece justo, pues todos los miembros del grupo ahorraron dinero.

Sin embargo, al final de la noche, ya con tragos encima, el sexto miembro del grupo dice: “¡Un momentico, yo solo me ahorré US$1 en el pago, mientras que este capitalista se ahorró US$10!” Punto seguido el octavo individuo dice, “¡Es cierto! ¡Me ahorré solo US$3, mientras que este ricachón se ahorró US$10! ¡Los ricos siempre se aprovechan!” Acto seguido, los nueve individuos rodean al décimo individuo, el rico, y lo agarran a golpes. Al día siguiente solo llegaron nueve individuos a tomar cerveza, pues el décimo había quedado mal herido después de la golpiza. Cuando el dueño del bar se apareció con la cuenta de US$80, los nueve individuos se dieron cuenta de que no tenían como pagar la cuenta.

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