Analistas

Niños consentidos

El otro día desperdicié casi una hora de mi vida oyendo un discurso del candidato demócrata para la presidencia de EE.UU., el señor Bernard Sanders. Digo desperdicié porque Sanders es la versión norteamericana de Hugo Chávez, y nada bueno puede salir de ver un discurso de Hugo Chávez. O bueno, quizás si queda algo bueno, que es la posibilidad de entender qué diablos es lo que piensan estos niños consentidos que hoy están cambiando la ideología nacional en casi la totalidad del mundo (quizás con la excepción del mundo emergente asiático). Creo que la demagogia barata aún no ha contagiado a los jóvenes de Singapur. Ojalá ese país no tenga que sufrir en el futuro lo que están sufriendo países como Colombia o EE.UU. hoy en día, lugares donde la lógica está desapareciendo. Acá el punto: los jóvenes de hoy en día están convencidos de que todo en este mundo es gratis, me imagino, porque nunca les faltó la “comidita”, y porque papito les compró celular cuando cumplieron 15 añitos. Pero, amigo millennial, fan furibundo de Piketty, acá le dejo esta historia para que entienda lo completamente equivocado que está usted sobre todo lo que tiene que ver con la economía y la famosa “equidad”.

Economía de bar: supongamos que todos los días 10 hombres se van a tomar cerveza, y que la cuenta del consumo llega a US$100. Si estos individuos decidieran pagar la cuenta de la misma forma como la gente paga los impuestos en el hemisferio occidental, entonces el pago sería consistente con esto: los primero cuatro individuos no pagarían nada. El quinto hombre pagaría US$1. El sexto pagaría US$3. El séptimo pagaría US$7. El octavo pagaría US$12. El noveno pagaría US$18, y el décimo, el más rico, pagaría US$59.

Un día, el dueño del bar le dice a sus comensales: “como ustedes son tan buenos clientes, les voy a reducir la cuenta diaria de US$100 a US$80”. El grupo agradece el gesto, y decide que el ahorro se debe distribuir en forma equitativa entre los que pagan la cuenta. Sin embargo, el grupo se da cuenta de que si se dividen los US$20 entre 6, se le estaría pagando por tomar cerveza al quinto y al sexto individuo del grupo (US$20 divido 6 da US$3,33). El dueño del bar, viendo la inconsistencia aritmética, aconseja lo siguiente: “¿por qué no dividen los ahorros en la misma proporción del pago?” El pago queda de la siguiente forma: ahora los primeros 5 miembros del grupo no pagan nada. El sexto individuo ahora paga US$2 en vez de US$3 (implica un 33% de ahorro), el séptimo individuo paga US$5 en vez de US$7 (28% de ahorro), el octavo paga US$9 en vez de US$12 (25% de ahorro), el noveno paga US$14 en vez de US$18 (22% de ahorro), y el décimo, el más rico, paga US$49 en vez de pagar US$59 (16% de ahorro). El arreglo parece justo, pues todos los miembros del grupo ahorraron dinero.

Sin embargo, al final de la noche, y ya con los tragos encima, el sexto miembro del grupo dice: “¡Un momentico, yo solo me ahorré US$1 en el pago, mientras que este capitalista se ahorró US$10!” Acto seguido el octavo individuo dice, “¡es cierto! ¡Yo me ahorré solo US$3, mientras que este ricachón se ahorró US$10! ¡Los ricos siempre se salen con la suya!” Punto seguido, los nueve individuos rodean al décimo individuo, el rico, y lo agarran a golpes. Al día siguiente solo llegaron nueve individuos a tomar cerveza, pues el décimo había quedado mal herido después de la golpiza. Cuando el dueño del bar se apareció con la cuenta de US$80, los nueve individuos se dieron cuenta de que no tenían como pagar la cerveza. Fin.