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Diez años de Lehman

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A eso de agosto de 2007, un Alberto Bernal mucho más joven que el que escribe esta columna le dijo a una audiencia de un centenar de inversores en la ciudad de México lo siguiente: “mis estimados, esta será la primera vez en la historia donde el modelo de curva de rendimientos de la Reserva Federal para predecir recesiones no va a funcionar”.

Aproximadamente siete meses después, Alberto Bernal estaba llamando a su esposa temprano en la mañana para contarle que el banco de inversión Bear Stearns, mi empleador, se acababa de quebrar. La falta de humildad intelectual no me permitió ver la catástrofe que se avecinaba. “La letra con sangre entra”, solían decir las abuelitas de antaño. En mi caso, así fue la cuestión.

Bear Stearns fue el primer dominó que sucumbió en esta cadena de sucesos que llevó al mundo a vivir la peor crisis económica desde 1929 y que ha permitido que populistas como Donald Trump o Alexis Tsipras hayan llegado a ser los líderes de sus respectivos países. Considero que la crisis financiera global es la génesis del populismo que se ha tomado el mundo en los últimos años. Sigo pensando que el diagnóstico de los populistas es errado.

No es el capitalismo extremo el que nos llevó a la situación que vivimos en 2008, sino el intento de “controlar” la eficiencia del capitalismo como sistema que adjudica los recursos dentro de la economía de la forma más eficiente posible.

La crisis financiera de 2008 fue en gran parte resultado directo del interés, muy loable, valga decirlo, de la clase política de EE.UU. de lograr que todas las familias de EE.UU. fueran dueñas de su propia casa. ¡Qué mejor política social que asegurarse que cada persona pueda comprar su propia casa!

La ingeniería financiera respondió al reto con extrema eficacia, logrando crear los famosos “collateralized debt obligations” o “CDOs”, aquellas titularizaciones de hipotecas de baja calidad que los inversionistas compraban con ímpetu para así lograr incrementar el retorno de sus respectivos portafolios.

¿Cuáles eran esas obligaciones a las que me refiero? Me remonto a una anécdota. A eso de junio de 2008, mi gran amiga y presentadora de CNN, Gabriela Frías, me invitó a participar en su programa. No sabía cuál era el tema del que íbamos a conversar, pero unos minutos después caí en la cuenta de que tenía que dar mi opinión sobre la “lógica” que había detrás de que un banco de EE.UU. le hubiera prestado a una trabajadora de McDonald’s en Chicago 99% del valor de una casa de US$480.000.

Mejor dicho, la trabajadora de McDonald’s puso US$$4.800 como cuota inicial para comprar una propiedad de US$480.000. No supe que contestar.

La buena noticia es que hoy en día ya no suceden esas barbaridades. La mala noticia es que la reacción de la tecnocracia mundial ante los eventos de la crisis financiera ha sido la de obstaculizar en forma radical el negocio bancario, y la de disminuir a niveles socialmente ineficientes la capacidad que tienen los bancos de inversión para asumir posiciones de riesgo.

Ese hecho ha disminuido mucho la capacidad de muchas industrias y de muchos emprendedores de conseguir los recursos que necesitan para desarrollar sus respectivos proyectos. Pero como era de esperarse, no había posibilidad de que el “papayazo” que dimos los financistas en 2008 no fuera a ser utilizado por el lobby regulador a nivel mundial. Por si acaso, hoy Goldman Sachs gasta seis veces más en abogados de lo que gastaba en 2007.

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