La pandemia golpeó a la puerta de mi casa (mi padre está hospitalizado), como les ha sucedido a millones de colombianos que han tenido que padecer la angustia que produce esa enfermedad. El virus continúa galopando desbocadamente. El fin de semana se superó la barrera psicológica de un millón de contagiados, y la cifra de muertos llegó a 30.000, algo para lo que no estábamos preparados.

Hay quienes afincan sus esperanzas en la anhelada vacuna. Yo, como lo he expresado en esta columna, soy escéptico. La solución al covid-19 no está a la vuelta de la esquina; pero, así lo estuviera, su distribución y aplicación tomarán bastantes meses. Esa realidad, dolorosa y agobiante, nos ubica ante un punto de no retorno: o nos acostumbramos a vivir con la voraz enfermedad rondándonos o, simplemente, la civilización sucumbirá.

Desde que comenzó la pandemia, se ha repetido insistentemente en la necesidad de “aplanar la curva”. Eso no ha sucedido y posiblemente nunca ocurrirá, sino hasta cuando se logre la inmunización, a través del contagio masivo con la subsiguiente generación natural de anticuerpos, o por medio de la vacunación generalizada. Cualquiera de los escenarios tomará muchos meses o quizás años. El hecho de que no se haya podido revertir la tendencia creciente del virus no justifica que permitamos que siga desplomándose el aparato productivo nacional.

Este no es momento para claudicar, sino para fortalecernos ante las dificultades y emprender el duro, pero necesario camino de la recuperación económica. ¡Claro que estamos pasando por una situación durísima y no vamos a salir de ella en el corto plazo! Las noticias respecto de la pandemia son pésimas, y la tendencia de las mismas es a empeorar. Por eso, rechazo tajantemente las voces timoratas que nuevamente empiezan a demandar el cierre del país. Los costos de haber clausurado durante meses enteros a buena parte -casi toda- de la producción de bienes y servicios son incalculables, y el año entrante sufriremos las consecuencias.

El índice de desempleo es alarmante, y ahora, cuando empieza a sentirse la reactivación de la economía, no podemos enviar señales equivocadas. No son pocos los empresarios que aguantaron con estoicismo el primer cierre y que, con generosidad, se metieron la mano al bolsillo para mantener sus nóminas, con la esperanza de que llegara una pronta reactivación. Plantear un nuevo cierre o la imposición de algunas restricciones significará llevar a la ruina absoluta a los industriales que pudieron soportar el primer “envión” de la pandemia.

Lo que se requiere de ahora en adelante es: autocuidado, prevención, distanciamiento social, cuarentena rigurosa para quienes contraigan el virus y mucho temple para seguir adelante en la reconstrucción de nuestro país. El mejor homenaje que podemos rendirles a esos 30.000 compatriotas que perdieron la batalla contra el covid-19 es el de no doblegarnos ante la infeliz pandemia que quiere exterminarnos.