La actual tragedia económica colombiana, que se ve reflejada en una drástica caída del PIB, tiene que ser enfrentada con estoicismo y sentimiento de patria por parte de todos los sectores y las fuerzas vivas de la Nación. No podemos quedarnos en las lamentaciones ni en las quejas. Los grandes países son los que son capaces de unir esfuerzos cuando la subsistencia de su pueblo está en grave riesgo.

Nunca antes nuestra economía había pasado por una situación tan delicada. En ocasiones anteriores, me he referido a sectores que están perfectamente pulverizados, como el de la hotelería, los restaurantes, bares y demás lugares dedicados a la provisión de bienes y servicios relacionados con actividades de recreación, deporte, descanso y esparcimiento.

Es evidente que el sector financiero no es el culpable de la tragedia que nos agobia, pero sí tiene una gran responsabilidad en el resurgimiento de la economía. Debo afirmar que, durante la fase más crítica, cuando miles de empresas empezaron a implorar ayudas de los bancos, estos adoptaron una actitud despreciable, tirando la puerta en las narices de quienes, desesperados, acudieron en procura de un crédito que les ayudara a sobrellevar el mal momento.

Conozco casos de empresarios con historiales crediticios impecables, a los que la banca maltrató y repelió. El resultado de esa reacción, reprochable desde todo punto de vista, se está viendo reflejado en los preocupantes indicadores de desempleo. Aquellas empresas a las que la banca les cerró el acceso al crédito y que sucumbieron por cuenta del corte del flujo de caja tuvieron que despedir a sus empleados. Ahora que el país empieza una tímida y tardía reapertura, ¿la banca seguirá observando ese comportamiento mezquino y distante?

La extrema izquierda ha entronizado a la banca como la representación de todos los males de la sociedad, razón por la que ha erigido su discurso del odio y la estimulación de la lucha de clases sobre el enervamiento de la rabia ciudadana en contra del sector financiero. Soy un defensor a ultranza del liberalismo económico, pero ello no me impide hacer las críticas a que haya lugar respecto del comprobado mal comportamiento de los banqueros de nuestro país durante todos estos meses críticos. Hay que evaluar la imposición de un impuesto a la banca que tan buenos resultados ha observado en este año en el que, precisamente, millones de colombianos lo han perdido todo.

Pero voy más allá de las alternativas eminentemente “alcabaleras”. Para levantar los sectores de la economía que quedaron tendidos sobre la lona, requerimos, en segundo lugar, una política crediticia con intereses cercanos a cero y con el menor número de requisitos posible. Los defensores de la ortodoxia económica pondrán el grito en el cielo; pero, en momentos como el actual, la audacia debe imponerse a la tajante inflexibilidad.

El Gobierno Nacional, que ha tratado a los banqueros con guantes de seda, tiene la obligación de ajustarse los pantalones y hacer las exigencias correspondientes. Y, si no se puede a las buenas, entonces habrá que implementar medidas drásticas, ahí sí a través de tributaciones. Hay que encontrar los recursos para hacer los impostergables desembolsos que aceleren la reactivación de nuestra lesionadísima economía.