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El mismo día en el que Bogotá y otras ciudades del país registraban reprochables actos de terrorismo contra unidades de policía (el grueso de los mismos protagonizados por jóvenes), el Dane reveló la dramática tasa de desempleo de personas que integran el grupo poblacional que va entre los 14 y los 28 años. Según el Departamento de Estadística de Colombia, en el segundo trimestre de este año, el desempleo entre los jóvenes llegó a 29,7%, 12,2 puntos porcentuales más que el mismo periodo del año pasado.
El de los jóvenes sin trabajo es un problema que se ha disparado por cuenta de la pandemia. Quienes han terminado su formación técnica o profesional durante los tiempos de cuarentena han tenido serias dificultades para emplearse. No voy a justificar ni a tratar de darle explicación que le reste responsabilidad a los delincuentes que se han lanzado a las calles, con el propósito de causar destrozos, cobijados por un falso sentimiento de indignación.
Estoy convencido de que la desocupación, la falta de un oficio que estimule la sed de progreso y que genere, además de los ingresos, responsabilidades y disciplina de trabajo, es un caldo de cultivo para que aquellos que pasan las horas mirando hacia el techo y, dejándose alimentar por la rabia y el resentimiento que, desde la comodidad de sus lujosas casas, azuzan jefes políticos extremistas como Gustavo Petro, adoptan el camino oscuro del vandalismo.
En países como Inglaterra, o en los Estados escandinavos, se ha establecido que la falta de oportunidades y de empleo, son razones de las que se valen los movimientos islamistas extremos para radicalizar jóvenes, que terminan viendo en la violencia una vía de desfogue de sus propias frustraciones personales.
No quiero significar con ello que los desadaptados que vimos destrozando CAIs, lanzando bombas incendiarias, agrediendo brutalmente a miembros de la Policía Nacional, cometieron esos delitos por falta de trabajo. Su situación laboral no es, en ningún caso, motivo de justificación o un atenuante de su responsabilidad penal. Creo firmemente que las personas, en todas las etapas de su vida, deben gozar de oportunidades laborales que les permitan proveerse de los medios económicos para lograr su subsistencia y, por supuesto, catalizar su progreso personal.
Estamos ante una generación en la que hay un amplio sector de jóvenes que se denominan a sí mismos como “progresistas”, personas a los que el trabajo cotidiano les es ajeno. Se trata de seres cuyo propósito de vida consiste en politizar hasta los asuntos menos trascendentales, como el material en el que se envasa el agua o la forma como se saludan hombres y mujeres.
Una especie concentrada en promover barahúndas con fundamento en las “emociones” y no en las razones; que cree, como la célebre canción, que “el trabajo lo hizo Dios como castigo”. Seres como aquellos terminan convirtiéndose en proveedores del combustible que alienta las conflagraciones sociales que vienen registrándose.
Como sociedad, tenemos una gran tarea: además de ampliar el espectro de oportunidades laborales, debemos evitar que siga enervándose esa corriente maligna que se vale de la situación para promover un discurso de odio y resentimiento, que se materializa en actos de bandolerismo.
La prioridad del país debe ser otorgar un mandato democrático claro y confundente a partir de las elecciones parlamentarias, pues si el congreso y la justicia siguen comiendo nube y no se ocupan de destituir a un presidente promotor de la ilegalidad, nos van a capar parados a todos los que damos empleo y pagamos los impuestos
Ver a quien gobernó Venezuela durante 13 años aterrizar esposado en Nueva York demuestra que la soberanía no puede convertirse en refugio del narcotráfico, la corrupción y el crimen organizado
Para una región marcada por el exilio, la sospecha y el resentimiento, esta no es una consigna espiritual: es una oportunidad histórica para recomponer la confianza y volver a creer en lo colectivo