En principio, mantengo mi opinión en el sentido de que no es prudente que el Estado colombiano tenga que salir al rescate de Avianca, aerolínea que desde hace un par de meses se vio forzada -como casi todas las aerolíneas del mundo- a acogerse a la ley de bancarrota de los Estados Unidos.

En el imaginario colectivo se enerva la falsa creencia de que el sometimiento al denominado Chapter 11 desembocará en la liquidación de la empresa que se acoja a esa figura legal, cuando es todo lo contrario. Dicha norma es un salvavidas que da un respiro para que las compañías que pasan por un mal momento puedan reorganizarse, planificar su futuro, trazar nuevos objetivos, sacudirse de compromisos financieros que resultan agobiantes y comenzar de nuevo.

La reestructuración financiera de Avianca será una operación que se acerca a los US$2.000 millones, una cifra bastante significativa para una empresa que hace parte de un sector de altísimo riesgo. Adicionalmente, el Gobierno Nacional, anunció que aportará un crédito de US$370 millones, que será cubierto en un plazo de 18 meses.

En criterio del Ejecutivo, la subsistencia de esa aerolínea es un asunto estratégico para la reactivación de la economía nacional. Ello es totalmente cierto. Un país como el nuestro, con una infraestructura vial con décadas de rezago, necesita por lo menos una aerolínea que se encargue de conectar todos sus territorios.

Espero, eso sí, que el despegue de Avianca sea concomitante con la reactivación y la reapertura de otros sectores, como el turístico. Una medida de semejante calibre, con una erogación multimillonaria, debe ser una suerte de apuesta a la fija o, de lo contrario, estaríamos ante un panorama oscuro, que solo puede ser descrito de manera simbólica como el barril sin fondo.

No veo al Gobierno haciendo los anuncios concretos en materia de reactivación económica en todas las regiones del país. Comparto y aplaudo buena parte de las medidas que, en materia de salud pública, han sido adoptadas. Pero, así mismo, creo que hace falta una mayor claridad que nos permita contar con la certeza de que, además de Avianca, también se procurará el despegue del resto del país.

Me preocupa mucho la suerte de los microempresarios que dependen del comercio del día a día. Ellos, que han tenido que parar sus actividades por cuenta de la caída en la demanda, que no han podido explorar nuevas alternativas de mercado, que seguramente están asfixiados por las cuotas financieras de los indolentes bancos, que nunca dejaron de llegar, necesitan alivios urgentes.

Que nadie se llame a engaños: la verdadera generación de empleo se halla en ese tipo de empresas. Sí, es verdad que Avianca garantiza ingresos directos e indirectos para medio millón de colombianos; pero también lo es que miles de empresas pequeñas que han fenecido en la pandemia eran las que garantizaban el trabajo de millones de compatriotas.

Se requiere un plan nacional de reestructuración económica y laboral. No se trata de la elaboración de un sesudo documento cargado de gráficas y estadísticas primorosamente diagramadas, sino de una estrategia real, concreta y aplicable para facilitar el sueño que todos tenemos en este momento: que Colombia, por fin, pueda tomar vuelo.