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EDUCACIÓN

La cultura del libro vs. la de la fotocopia

miércoles, 20 de marzo de 2019

Según un escalafón que produjo la Central Connecticut State University en el 2016, Finlandia, Noruega, Islandia, Dinamarca y Suecia son las cinco naciones con mayor “salud literaria” en el mundo

Daniel Raisbeck

Los países escandinavos son líderes globales en las contradictorias categorías de la calidez hogareña (Hygge), el bricolaje casero (Ikea) y las series televisivas de crímenes atroces (Nordic Noir). También lideran el mundo en un campo cuya importancia suele ser subestimada: la cultura literaria.

Según un escalafón que produjo la Central Connecticut State University en el 2016, Finlandia, Noruega, Islandia, Dinamarca y Suecia son las cinco naciones con mayor “salud literaria” en el mundo. Suiza, Estados Unidos, Alemania, Letonia y Holanda completan los diez primeros lugares del índice, el cual mide la comprensión de lectura de los ciudadanos al igual que su acceso a bibliotecas, periódicos, educación formal y computadores.

¿Qué tienen en común estos países aparte de ser ricos y desarrollados? Yo diría que el factor fundamental es que, hace cinco siglos, la cultura de toda nación de la lista fue impregnada por el espíritu de la reforma protestante (en el caso de Estados Unidos me refiero al período colonial; en el caso alemán a la formación del Estado prusiano que sentó las bases de la unificación).

Mientras que en el mundo católico la autoridad suprema del papa y la jerarquía de la Iglesia son de gran importancia para la transmisión de la fe desde los mismos apóstoles, hecho que refleja la estructura ritual de la liturgia, en el ámbito protestante lo esencial es el texto de la Biblia. El catolicismo deposita su confianza en el clero como intérprete de la voluntad de Dios; el protestantismo prescinde del intermediario y responsabiliza al individuo de encontrar la autoridad de su fe únicamente en el texto sagrado.

En otras palabras, la lectura prima sobre todo. Aún si el protestantismo ha perdido influencia (como en Escandinavia), se ha diluido entre otras religiones (como en Estados Unidos) o no sea la principal religión en una pujante área económica (como Baviera), la cultura del libro se mantuvo en los países donde lo que Max Weber llamó la ética protestante forjó las instituciones económicas y políticas.

En Estados Unidos, por ejemplo, la librería ha sido un lugar central de toda
universidad; inclusive en la era del Kindle es quizá el sitio más concurrido al inicio del semestre, cuando los estudiantes se preparan para sus clases al adquirir los libros que les asignan sus profesores. Pese a los cambios que lleva a cabo el fenómeno de Amazon, se mantiene la idea de que los estudiantes deben poseer libros físicos. Por otro lado, el equivalente de la librería tradicional o virtual en las universidades colombianas, inclusive las de élite, es la tienda de fotocopias.

Hasta cierto punto, la diferencia entre la cultura del libro y la de la fotocopia es la capacidad adquisitiva. No ayuda, por supuesto, que en Colombia el precio de los libros, pese a ser exentos del IVA hasta ahora, sea alto en muchos casos, lo cual impide injustamente que muchos universitarios compren libros así quieran hacerlo.

No obstante, mi experiencia previa como docente en dos universidades me hizo concluir que, inclusive en carreras de ciencias sociales, a una buena porción de los estudiantes no le interesa leer libros, mucho menos comprarlos.
Las cifras respaldan mi afirmación. Colombia ocupa el lugar número 52 entre 61 países en la evaluación de lectura que utiliza el índice de sofisticación literaria.

Algunos dirán que esto se debe a la falta de la inversión estatal en educación. No obstante, según el mismo escalafón, Colombia ocupa el puesto 27 en cuanto al “input” educativo, categoría que mide el gasto público en educación y el número promedio de años de enseñanza. De manera similar, el Foro Económico Mundial informa que Colombia es el décimo país del mundo que más invierte en educación en términos del porcentaje sobre el desembolso total del Estado.

En otras palabras, un inmenso gasto estatal en educación no ha resultado en una mejora correspondiente en el nivel de lectura. En mi opinión, la causa puede ser cultural; con obvias excepciones, a todo nivel de la sociedad hay un desinterés general por los libros y la lectura. La cultura universitaria de la fotocopia es sólo una consecuencia de ello.

La cultura de la fotocopia tiene otra dimensión. Si las universidades toleran y hasta promueven la violación de los derechos de autor como parte intrínseca de la educación superior, no debe sorprender a nadie que Colombia no se destaque por la defensa de la propiedad intelectual.

Según el Índice Internacional de Derechos de Propiedad (IIDP) que elabora la
fundación Property Rights Alliance, Colombia obtiene sólo cinco puntos sobre 10 en la protección de derechos de autor. De manera similar, el 48 % del software instalado en Colombia es pirata según la firma Business Software Alliance. Aunque el país ha tenido un mejor desempeño en la defensa de las patentes, obteniendo un puntaje de 8.8 sobre 10 y ocupando el puesto decimoquinto en el IIDP, este logro se ve amenazado por los recientes intentos del gobierno de imponer licencias obligatorias en contra de patentes farmacéuticas.

Este asunto debe ser una prioridad porque hay fuertes indicios de que el respeto por la propiedad intelectual ayuda a fomentar la innovación dentro de una economía libre. En cuanto a la cultura del libro, resulta que cinco de las naciones líderes en cultura literaria también se destacan por su defensa de los derechos de propiedad (Finlandia, Suiza, Noruega, Suecia y Holanda).

En Colombia hace falta voluntad política para defender la propiedad intelectual. En cuanto al aspecto cultural que forja el respeto a los derechos de propiedad y fija las bases de la prosperidad, puede ser una buena noticia el reciente auge del protestantismo en el país si sus adeptos, al acoger la filosofía de sola scriptura de Martín Lutero, ayudan a difundir la cultura del libro a través de la sociedad entera.

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