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ALTA GERENCIA

Innovación, el pecado de la forma

lunes, 5 de septiembre de 2016
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La cifra es impresionante, pero no por buena. En un estudio de vigilancia tecnológica e inteligencia competitiva que hicimos recientemente, tuvimos acceso a información que queremos compartir con ustedes en este artículo para que tengan una idea de por qué estamos cayendo en el pecado de la forma y descuidando el fondo.

El estudio consideró, metodológicamente, la búsqueda y análisis de bases de datos especializadas, clasificaciones de patentes, cienciometría y mapas tecnológicos. Vale recordar que hoy la tecnología es una megatendencia global que abarca prácticamente todos los sectores económicos.

En el análisis, que también consideró los últimos 20 años para analizar tendencias, encontramos que, por ejemplo, la Universidad de California (líder en investigación en materia de educación) acumula la no despreciable suma de 47.584 patentes relacionadas con el tema.

¡Sí! Tal como lo está leyendo. Esto significa que, la impresionante cifra de la Universidad Nacional (11) equivale a 0,02% del número de patentes del benchmark. Como no estamos considerando los últimos 20 años, vamos a suponer que la cifra es constante y que la Universidad Nacional cuenta con 220 patentes en ese lapso de tiempo, lo que equivaldría a 0,46%. Si usted quiere ser generoso(a), puede doblar el número y aún seguiríamos en menos de 1%.

Esto es importante, pero no por los números en sí mismos sino por la manera en la que estamos gestionando el conocimiento y, por ende, la innovación.

Aunque no es la única medida para medir la innovación, el número de patentes es importante porque nos da una idea de qué cantidad de conocimiento (registrado) está generando una empresa y/o una universidad (por ende un país). Según la Superintendencia de Industria y Comercio el año pasado no alcanzamos  1.600 patentes (vuelva y haga la operación y se dará cuenta del porcentaje en comparación con una sola universidad vs. el país entero).

La innovación como proceso siempre parte de la vigilancia tecnológica y la inteligencia competitiva, pero estamos cayendo en el pecado de la forma porque seguimos convencidos de que innovar es “tener buenas ideas”. Y aquí todo el mundo lo repite.

La ideación y su consecuencia (el desarrollo de productos) es la tercera parte del proceso de innovación. Piense por un momento en cómo se le ocurren ideas en su empresa: ¿reúne a su gente en la sala de juntas a “botar corriente” o hace investigación que le permita conocer lo que está pasando a nivel global y así poder tomar mejores decisiones?

El resultado, obvio, es que tenemos buenas ideas. Pero estas ideas no son realmente competitivas a nivel global. Puede que lo sean localmente, en mercados cuasi oligopólicos, pero no resisten un embate competitivo de gran proporción, sin mencionar que muchas de esas ideas (productos) que elaboramos están ancladas en el pasado y no corresponden a tendencias globales, lo que las condena a tener que buscar mercado por aquí cerca y no globalmente.

El fondo de la innovación es mucho más que el que se discute en foros y eventos. Ahora le ponemos el título de innovación a todo pero la realidad es que nos quedamos ahí: en la forma. ¿Vamos a seguir vendiendo commodities o a trabajar en innovación real?

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