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Menores de dos años deberían evitar las pantallas, mientras que entre los dos y 12 años el uso recreativo recomendado va de una a dos horas diarias; en adolescentes son tres
El celular se convirtió en una extensión de la mano. Desde que una persona se despierta hasta que se acuesta, buena parte de su jornada transcurre entre notificaciones, redes sociales, plataformas de video, correos electrónicos y aplicaciones de mensajería.
A esto se suma el tiempo que millones de personas pasan frente a computadores y tabletas por motivos laborales o académicos. En medio de una vida cada vez más digitalizada, surge una pregunta que preocupa a padres, docentes y especialistas: ¿cuánto tiempo en pantalla es realmente adecuado?

Aunque no existe una respuesta única para todos los casos, la edad es un aspecto importante a tener en cuenta. Así lo confirmó Jhon Torres Jiménez, docente de la Uniagustiniana, quien afirmó que los menores de dos años deberían evitar el uso de pantallas, salvo para videollamadas familiares. Entre los dos y cinco años, el tiempo recomendado es de máximo una hora diaria con supervisión de un adulto, mientras que para los niños entre seis y doce años el límite sugerido es de dos horas de contenido recreativo.
“En adolescentes no hay un límite numérico oficial, pero los estudios apuntan a que más de tres horas diarias de uso recreativo empieza a correlacionarse con problemas de salud mental”, afirmó Jiménez.
Por ende, uno de los principales retos no solo es evitar el uso excesivo de pantallas por parte de las personas, sino también los problemas que este puede generar en el sistema cognitivo. Ante esto, Alejandro Espitia, docente de la Universidad Javeriana, explicó que el problema aparece cuando el uso del celular o de otros dispositivos empieza a desplazar actividades esenciales como el sueño, el ejercicio físico, el estudio o las relaciones presenciales.
Ante esto, afirmó que el uso excesivo puede traer varios problemas, entre ellos afectaciones en el sueño, ya que, “retrasa la hora de acostarse y mantiene el cerebro estimulado”; aumentar el sedentarismo, reducir la actividad física y contribuir a problemas de postura, dolor de cuello, dolor de espalda o fatiga visual. “Lo más grave es la dependencia del estímulo inmediato, la ansiedad por revisar notificaciones y la menor tolerancia al aburrimiento”, dijo.
Sin embargo, una de las mayores preocupaciones está relacionada con las consecuencias físicas derivadas de la exposición prolongada a dispositivos electrónicos. El síndrome de ojo seco, la fatiga visual y las molestias oculares son algunos de los efectos más frecuentes en personas que pasan largas jornadas frente a pantallas. A esto se suman dolores de cuello, hombros y espalda asociados a malas posturas, un problema que se ha vuelto cada vez más común tanto en jóvenes como en adultos.
Por otro lado, más allá de las consecuencias físicas y emocionales, el uso excesivo del celular también puede modificar la forma en que el cerebro procesa la información. Clara Inés Pardo, docente de la Universidad del Rosario, explicó que la exposición constante a estímulos rápidos puede afectar la capacidad de mantener la atención durante periodos prolongados.
Según Pardo, esto se traduce en mayores dificultades para concentrarse en tareas complejas como la lectura, el estudio o la elaboración de informes extensos. Por otro lado, aseguró que otro de los riesgos está relacionado con la memoria y la retención de información. “Al delegar cada vez más funciones al celular, como recordar direcciones, números telefónicos o datos importantes, el cerebro reduce su esfuerzo de codificación y almacenamiento”, dijo.
A esto se suma la multitarea digital, una práctica frecuente entre quienes alternan constantemente entre aplicaciones, mensajes y redes sociales, lo que dificulta la consolidación de información en la memoria de largo plazo.
Para Sofía Quintana, médico general, en la adolescencia temprana, entre 10 a 14 años, son más vulnerables a estos efectos. “Esta mayor susceptibilidad se explica por el desequilibrio entre una elevada búsqueda de recompensas y un sistema de control de impulsos aún inmaduro, lo que favorece conductas de uso problemático de las pantallas”, afirmó. Además, dijo que “un tiempo superior a cuatro horas diarias se asocia con más niveles de estrés, ideación suicida y consumo de sustancias”.
La nueva era del “Fomo”
Otro fenómeno que preocupa a los especialistas es el denominado Fomo, sigla en inglés de “Fear of Missing Out” o miedo a perderse de algo.
Esta sensación lleva a muchas personas a revisar constantemente sus dispositivos por temor a quedar excluidas de conversaciones, noticias o tendencias en redes sociales. De acuerdo con Pardo, este comportamiento se ha asociado con mayores niveles de ansiedad y con una dependencia creciente de la validación digital a través de comentarios, reacciones o “likes” en aplicaciones.
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