viernes, 13 de noviembre de 2020

El éxito de la sostenibilidad que se incorpora al pensamiento cotidiano de los inversionistas, las empresas y el ecosistema de inversión más amplio depende de que las finanzas aprovechen el momento

Philippe Zaouati

Nadie pudo haber predicho la pandemia de covid-19, ni la crisis sanitaria que causó. El riesgo de enfermedades infecciosas no estaba en el primer plano de las preocupaciones de ningún inversionista, “sostenible” o no.

Si bien podría decirse que es el mayor desafío de nuestro tiempo, también ha acelerado uno de los mayores conjuntos de oportunidades para los inversionistas: el impulso hacia la sostenibilidad. En la última década, los fondos sostenibles y ecológicos han demostrado con creces su capacidad de crear valor. De hecho, les fue mejor que a sus contrapartes contra la caída precipitada del mercado en las primeras semanas de la pandemia. El comportamiento de los inversionistas lo confirma: durante los tres primeros meses de 2020, los fondos de inversión sostenibles registraron entradas de 30.000 millones de euros (US$35.000 millones) en Europa. En pocas palabras, los panoramas más amplios permiten una mejor gestión de los riesgos en general.

Los datos muestran claramente que la crisis ha fortalecido la demanda de finanzas responsables -o verdes, o sostenibles si se quiere- y ello por cuatro razones principales: el papel social de las empresas, la preocupación por los riesgos a largo plazo, la capacidad de creación de valor y, por último, porque es coherente con la agenda política vigente.

Sin embargo, el éxito de la sostenibilidad que se incorpora al pensamiento cotidiano de los inversionistas, las empresas y el ecosistema de inversión más amplio depende de que las finanzas aprovechen el momento, y esto depende en gran medida de que las finanzas trabajen mano a mano con los gobiernos. Los gobiernos deberán ser más exigentes y los servicios financieros deberán establecer normas sólidas que impidan el “lavado verde”, aplicar la combinación de ayudas y subsidios con compromisos genuinos en materia de ESG e impulsar la inversión privada en una economía sostenible.

En 2008, fue el sector financiero el que precipitó la crisis. Rotundamente castigado por su opacidad, su complejidad encubierta y su falta de conexión con la economía real. Acorralada y acusada de todos los males, es justo decir que la industria financiera apenas estaba en condiciones de reinventarse a sí misma hace una década. Hoy en día, no hay excusa. Las circunstancias le han legado una misión, un “propósito”, un objetivo de interés público que está demasiado lejos de alcanzar.

Sin embargo, la transformación del sector financiero no se producirá por sí sola. Y aquí está la promesa del momento. Nunca antes las autoridades, ya sean políticas o económicas, han puesto tanto énfasis en la necesidad de invertir en una economía sostenible e inclusiva. Energía eficiente y renovable, movilidad limpia, salud accesible para todos, economía circular, agricultura sin pesticidas: las tesis de inversión de las finanzas sostenibles son ahora aceptadas por todos. Para ello, los gobiernos deben inyectar cantidades masivas de capital en la economía a través del sector financiero, que esta vez no se presenta como “el enemigo”, pues sus intereses se alinean en gran medida con los de los poderes públicos.

Ahora no es el momento de tomar medidas a medias. El mundo necesitará más que nunca una financiación sostenible, y ha llegado el momento de aplicar los principios y medidas cuya pertinencia y viabilidad han dinversioemostrado ampliamente los defensores de la financiación sostenible en el último decenio. Para que la oportunidad se convierta en acción se requerirá determinación política y buena fe por parte del sector financiero.

*CEO de Mirova