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El primer milagro que le ocurrió a Colombia fue que usted ganara la presidencia contra todos, incluso contra quienes, a pesar de no estar con el aciago gobierno de izquierda, no entendían lo que significaba que el heredero pudiera continuar el desastre.
De ese primer episodio aún se sacuden las instituciones: saquearon cada entidad y lo que no pudieron, la incapacidad lo completó.
Segundo, el terremoto: cinco departamentos y 498 municipios afectados, 237.000 viviendas dañadas, más de siete millones de damnificados y las finanzas del Estado en cuidados intensivos. ¿Qué más podíamos esperar? El país quedó con el alma rota.
A inicios de los años 80, Mancur Olson explicó en su libro Auge y caída de las naciones por qué Alemania y Japón, tras la devastación única que padecieron, lograron crecimientos vertiginosos, algo realmente milagroso.
Olson concluyó que ambos disfrutaron de una expansión explosiva precisamente porque sus antiguos esquemas se habían desbaratado, incluso sus instituciones.
La destrucción, junto con las fuerzas de la reconstrucción y la ocupación estadounidense, anuló a los grupos de interés que frenaban la innovación: “(…) por un gobierno totalitario o por la ocupación extranjera, … un ordenamiento jurídico libre y estable… Tanto en el Japón como en Alemania occidental, los gobiernos totalitarios se vieron sucedidos por ocupantes aliados decididos a promover un cambio institucional y a garantizar que esta vida institucional comenzase casi desde el principio”.
Los viejos esquemas que sofocaban la experimentación fueron derribados. El quiebre permitió que surgiera algo nuevo. ¡Exacto! Estamos hablando de Colombia.
El terremoto, junto al gobierno pasado que con visos criminales asaltó las finanzas del presente y del futuro, fue el título para la devastación.
No podíamos estar peor; sin embargo, este es el germen del milagro y usted lo tiene claro, presidente. Pero, para completarlo, hay que purgar el Estado: notarías, Invima, consultas previas y las UAF -Unidades Agrícolas Familiares-, entre otras muchas entidades que, está demostrado, son las mejores para encontrarles problemas a nuestras soluciones.
¿Podemos ser como los cuatro tigres asiáticos, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur, conocidos por su rápido crecimiento industrial y financiero? ¡Sí!
La alineación con Estados Unidos, la liberación de Venezuela del narcocomunismo, la correcta visión sobre la altillanura y la lucha frontal contra el crimen auguran un rebote en V, hacia arriba y rápido, y el crecimiento proyectado de 2,6% es el banderazo.
Se ven venir bonanzas: comercial con Venezuela, Ecuador, México y EE.UU.; agrícola en nuestra altillanura; de infraestructura, aprovechando lo ocurrido con el terremoto, y energética con el fracking, entre muchas otras.
La patria boba no empezó con la guerra de los Mil Días; en realidad comenzó con el grito de independencia en 1810. Nació viciada y con actos de corrupción, a diferencia de lo ocurrido con los padres fundadores de Estados Unidos, que vieron su país 250 años adelante. Nosotros no contamos con la misma suerte, pues los males de entonces son los que aún nos acosan.
La patria se puede pensar perfectamente desde el momento en que queramos, así sea con estos puntos de partida tristes, y no necesariamente hace cien o doscientos años, como lo planteó el corrupto gobierno de Petro desde el odio y el resentimiento.
Esto sugiere planearlo sin que necesariamente lo vayamos a ver nosotros, nuestros hijos y nietos. No importa: a la patria hay que ponerla en el camino correcto y hay que pensar el plan, porque lo que nunca se ha hecho nunca se va a conseguir. ¡Y usted lo hará, presidente!
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