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“Ser alcalde, el mejor trabajo del mundo”
Todos se quejan de que no hay dinero para hacer más cosas y solucionar problemas, pero coinciden en que su papel como alcaldes de las capitales es uno de los mejores trabajos
“Dime cuánto presupuesto tienes y te diré qué alcaldía haces”, podría rezar un refrán popular entre los alcaldes, quienes se han reunido en Medellín para participar en la Asamblea General de la Asociación de Capitales, Asocapitales; que, más que un gremio de burgomaestres, es un club de buenas prácticas en el que la voz cantante la llevan las ciudades con grandes presupuestos, como es el caso de Bogotá, con $40 billones, o Medellín, con $13 billones, juntos en la misma mesa con sus colegas de Mocoa, con $100.000 millones, o Quibdó, con $500.000 millones. Pero el verdadero sentido de esta necesaria agremiación, que entre otras cosas debe refundarse en torno a un sistema de capitales -mas no una federación o una asociación-, es llevar a las capitales a ser verdaderas áreas metropolitanas con autonomía fiscal, menos centralismo y pioneras de ejes de desarrollo multipropósito que reemplacen los obsoletos departamentos.

La Constitución permite crear las áreas metropolitanas que doten a las capitales departamentales de herramientas y soluciones para los problemas de los municipios -que irremediablemente se convertirán en barrios o pueblos dormitorio de los polígonos comerciales, turísticos, industriales o manufactureros-, en verdaderos polos de desarrollo interconectados por los mismos modelos de tránsito, movilidad, sostenibilidad, seguridad y marcos tributarios con los que puedan competirle al mundo.
La nueva Colombia no es un rompecabezas de problemas departamentales unidos por el centralismo bogotano; es un sistema de ciudades, áreas metropolitanas -tipo Singapur-, que sean el destino de inversionistas globales, que coincidan en sus vocaciones y puedan solucionar de manera autónoma sus asuntos más delicados. Atrás deben quedar los alcaldes “pedigueños” de dinero del erario público sin que tengan autonomía en sus finanzas; unos que sean buenos recaudadores de impuestos locales, que diseñen bajas tarifas para que empresas se localicen en sus territorios y que combatan abiertamente la corrupción tradicional que ha asfixiado a las capitales.
Colombia necesita 10 o 12 sistemas de ciudades, no necesariamente conurbadas, desde donde se propongan autonomías fiscales y soluciones locales a problemas nacionales que son endémicos. Siempre la pregunta a la propuesta de las autonomías regionales es qué se va a hacer con los lugares más pobres, en donde campea la inseguridad y están tomados por líderes políticos narcos o corruptos. La respuesta debe darse desde el Congreso de la República, que hoy les quita propuestas a los concejos municipales y a las inoperantes asambleas departamentales.
Si Colombia quiere llegar sana y fortalecida a la tercera década del siglo XXI, debe tratar el tema de la descentralización a fondo, oír a los actuales alcaldes decir que la economía se construye desde las regiones y no dejar caer el contrapeso democrático en que se han convertido los actuales alcaldes de Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Cartagena. Si algo está funcionando bien son los actuales alcaldes de grandes presupuestos; ahora ese modelo de éxito debe llevarse a capitales de menores presupuestos, pero con verdaderos retos en modernización y funcionamiento.
Ciertamente, ser alcalde puede ser el mejor trabajo del mundo, pero cuando se tienen ingresos suficientes para no ser inferior a las necesidades de los habitantes de sus municipios. El dinero, en términos de alcalde, no es el objetivo, pero sí un vehículo para llevar el desarrollo a sus comarcas.
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