martes, 18 de agosto de 2020

Colombia cumplirá 159 días de cuarentena el 31 de agosto y se espera con ansias lo quE hará el Gobierno con el reto de recuperar la economía en los últimos 120 días de un año terrible

EditorialLR

La paradoja de Colombia y el grueso de los países latinoamericanos es que copiaron las cuarentenas en marzo como fórmula mágica para enfrentar la pandemia originada por el covid-19 con el objetivo de prepararse, controlar y mitigar las consecuencias del virus, pero aún no lo logran y la región es una de las que registra más contagios y muertes. Las causas de que esto ocurra tiene varias hipótesis: la primera es la débil institucionalidad que genera que la sociedad no obedezca sus reglas y decretos. La segunda tiene que ver con la alta informalidad económica, que obliga a que las personas tengan que salir a las calles a ganarse la vida, y la tercera, que gobernantes y gobernados tienen una desconexión descomunal; mientras que para alcaldes y gobernadores la gente está “juiciosa en la casa”, una cosa muy distinta es la que se registra en las calles atestadas de gente.

Solo hay que mirar los hechos: desde el pasado 24 de marzo, fecha en la que se estipuló que el país estaría en el aislamiento obligatorio por 19 días para evitar la propagación acelerada del covid-19, ese decreto se ha extendido en ocho oportunidades, consiguiendo el récord regional de casi 160 días en esta situación que poco o nada ha servido, pues Colombia camina a paso frenético hacia el quinto o sexto país con más contagios, unos 450.000, solo superado por Estados Unidos con 5,5 millones; Brasil 3,3 millones; India 2,5 millones; Rusia 913.000; Sudáfrica 580.000; Perú 510.000 y México con 506.000.

No solo hay que evaluar la efectividad de la cuarentena, sino reemplazarla por otra fórmula más eficaz y menos destructiva contra la economía; vamos a completar 159 días (5 meses y 5 días) parcialmente encerrados, es decir, se ha pasado 43% del año en aislamiento con pocos resultados en lo sanitario, pero sí elocuentes en la destrucción del comercio, de puestos de trabajo y de cierres de empresas. El único argumento que esgrimen los gobernantes es que era la única forma de evitar una catástrofe peor, pero hay muchos países que eliminaron la cuarentena y han sabido tomar el control de la situación. Solo revisar el caso de Italia, Corea del Sur o Alemania. Otros países como Argentina, Chile y Brasil están haciendo cuarentenas por sectores y no nacionales, por lo que si bien pueden haber más días de aislamiento, no serían generales sino por regiones.

¡Que septiembre no sea otro mes de cuarentena! El daño que esta fórmula ineficaz le está haciendo a la llamada “economía de la vida” es muy grande y tardará mucho tiempo en recuperarse. Las personas no solo necesitan protegerse y cuidarse del virus, también tienen que satisfacer sus necesidades básicas insatisfechas a través del acceso a recursos disponibles en su entorno. Están muy bien las ayudas que ha puesto el Gobierno Nacional a disposición de los más necesitados, pero la economía de la vida va más allá de recibir el dinero para la canasta familiar básica; la gente necesita intercambiar productos y servicios en mercados otrora invisibles que nada tienen que ver con el contacto físico, sino con la idea virtual de que se es útil y productivo. Siempre hubo un acto económico ceremonial invisible que ahora se añora y que tiene que ver con la libertad de ir a donde se quiera, de levantarse, salir de sus hogares y tener contacto primario con otras personas. La nueva normalidad será igual, pero desconfiando de que todo el mundo está contagiado y que cualquier superficie es portadora del virus.

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