miércoles, 18 de noviembre de 2020

Tratar a los paperos y lecheros como “víctimas” puede empujar a la producción agraria por el despeñadero asistencialista que hará perder competitividad y disparará las importaciones

EditorialLR

Ayudar y ser solidarios con la población venezolana, desplazada por un régimen socialista que les destruyó su economía y su forma de vida empujándolos fuera de su patria, es una obligación que tienen todos los colombianos; quienes han compartido con sus vecinos una buena parte de las mismas carencias que aquí se soportan cada día, pero luego de tres o cuatro años de experimentar con elocuencia en todas las poblaciones y carreteras colombianas su drama, su tragedia, se ha despertado una suerte de “venezolanización”, algo así como un sentimiento de dar, ayudar y colaborar aceptando su estado irreversible de miseria extrema.

Ese sentimiento que hoy se experimenta por los venezolanos que piden limosnas en las calles se ha querido trasladar a los productores locales de papa y de leche, quienes viven su propia tragedia de precios y han convertido en un acto habitual, destruir o regalar lo costosamente producido para evitar que bajen los precios. Muchos políticos populistas, gobernadores y alcaldes entre ellos, se han volcado a los peajes para ayudarles a vender su producto, una acción desesperada máxime cuando los mandatarios locales deben desarrollar y estructurar proyectos de mejoramiento de producción limpia, comercialización oportuna y lo que es más importante, de exportación a mercados naturales complementarios.

Las preguntas que surgen de esta situación son muy simples ¿por qué si hay sobre abundancia de papa y de leche no se exportan los excedentes en lugar de “obligar” al consumidor local a absolver la sobreproducción? ¿Por qué países tan distantes como Bélgica o Nueva Zelanda pueden llegar al mercado local con papas y leche más baratas? Las respuestas las tienen los cafeteros, bananeros y floricultores, quienes han entendido que el consumo local es sólo un eslabón en la cadena de producción, no el único destinatario de su cosecha.

Desde hace más de un siglo se ha vendido el cuento de que Colombia puede ser una importante despensa de alimentos del mundo gracias a los abundantes recursos naturales, sus diversos pisos térmicos, la variedad de climas y un mano de obra calificada. Una cantidad de factores con los que no cuentan países que nos venden productos que aquí se pueden producir más baratos, de mejor calidad y con mínima huella de carbono.

La “venezolanización” también tiene que ver con el asistencialismo y la entrega de millonarios subsidios mal focalizados, tal como sucedió en el vecino país durante el boom petrolero de hace 20 años. No se trata de regalar el escaso dinero público a los productores, el objetivo debe ser focalizar esas ayudas estatales a una mayor producción, mejor calidad, sostenibilidad asegurada y acceso a los mercados internacionales.

El gran efecto que puede generar la victimización de los productores locales es una lluvia de dinero público y del sector productivo que termine solucionando deudas particulares, fallas en la producción y no erradique el problema de comercialización de manera estructural. El agro colombiano tiene ejemplos exitosos (flores, café y banano) de acceso a mercados internacionales desde hace décadas, la idea es aprender de lo bueno que han hecho esos productores y poner a funcionar bajo esa óptica los millonarios fondos parafiscales: el Fondo Nacional de Fomento de la Papa y el Fondo Nacional Ganadero.

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