jueves, 1 de octubre de 2020

Al entrar en el último trimestre del año es pertinente revisar cuáles son las posiciones no solo frente al cierre de un annus horribilis, sino sobre qué pasará con la economía nacional

EditorialLR

Este 2020, que poco a poco llega a su final, va a sepultar una de las frases más repetidas por los empresarios cada vez que se les pregunta cómo van las cosas en sus negocios: “la empresa va muy bien, pero el país muy mal... o está muy enredado”. Un comentario generalizado que hizo célebre, Fabio Echeverry Correa, cuando dirigía el gremio de la Andi en medio de una bonanza económica, y que se convirtió en una respuesta automática y muy difundida entre el sector productivo que desnuda la alta dosis de individualismo que experimenta el país.

A esta situación Stephen Pinker, uno de los escritores no solo más vendidos sino más influyentes de nuestro tiempo, la ha denominado optimism gap o “brecha del optimismo”, idea que desarrolla en su ensayo, “Enlightenment Now” (2018) traducido como “En defensa de la Ilustración”, y que no es otra cosa que olvidarse del entorno al concentrarse en los resultados individuales.

En el universo empresarial no se puede ser un optimista individual y al mismo tiempo un pesimista colectivo, es una dualidad que con el paso del tiempo terminará arruinando cualquier posibilidad de crecimiento económico. La brecha del optimismo debe ampliarse a todo el entorno, debe cubrir el espacio social, si bien debe comenzar por la esfera individual, avanzar hacia la familiar y al final acoger la colectiva; manejar ese espacio es fundamental para solucionar los problemas de entorno, de comunidad, de audiencias, de consumidores o clientes; y para reducir esas distancias, el optimismo es el hilo conductor.

Bajo ninguna circunstancia en una economía de mercado, es un buen negocio que a nivel individual le vaya bien pero al resto le vaya mal. El sesgo negativo, cuando de país se trata, no es sano para avanzar en el bienestar de una sociedad, pues carece de realidad, que a la postre es tener un futuro mejor como sociedad.

Muy a pesar de que existen problemas estructurales de difícil solución como la pobreza, el narcotráfico, la violencia y la corrupción, entre otros no menores, el país ha mejorado en varios aspectos fundamentales como es la infraestructura, el sistema de salud, puesto a prueba por el covid-19, o el manejo económico de las finanzas estatales.

Incluso en términos de conflicto interno, la Colombia de 2020 es muy distinta a la de hace dos décadas cuando el pan de cada día eran las tomas guerrilleras a poblaciones desprotegidas, las llamadas “pescas milagrosas”; el país no tenía grado de inversión; no habían universidades locales entre las mejores de la región y no existían empresas multilatinas.

Son muchos los indicadores sociales que han mejorado como es el caso de la salud, la educación, incluso en disminución de la pobreza, pago de impuestos, desatraso vial, recurso humano más eficiente, sistema financiero y muchos otros frentes como es el acceso a vivienda, agua potable y hasta infraestructura hotelera.

Hay muchas razones para creer que las cosas están mejor, muy a pesar del annus horribilis en que se ha convertido este 2020; que todo va a estar bien para el sector productivo y que de esta manera le irá mejor al país, pues el eje central de la generación de empleo y del pago de impuestos tiene el reto de empezar a enderezar la economía en este último trimestre para caminar con pie derecho en 2021.

Las condiciones están dadas para hacer rebotar el crecimiento económico, obviamente de la mano de acertadas políticas económicas de los gobiernos central regional y local.

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