martes, 14 de abril de 2020

El déficit para 2020 estará entre 4,2% y 5,1% del PIB, cifra que incluye el gasto contracíclico, pero no hay recursos ni margen de acción, una reforma tributaria de verdad es la salvación

EditorialLR

Muchos pontifican sobre las consecuencias del Covid-19 en el sistema sanitario de los colombianos, pero pocos se atreven a enfrentar la nueva realidad de las arcas estatales post-coronavirus. Lo cierto es que es más fácil hablar con hechos o acciones generosas en tiempos de tribulaciones de cooperación y solidaridad, pero cuando se mencionan más o nuevos impuestos para soportar la crisis, las caras empiezan a cambiar.

No es un secreto para nadie que las perspectivas fiscales de Colombia estaban mejorando en los últimos años, no solo por el buen comportamiento de la economía, sino porque el gobierno central ya presentaba un superávit de 0,5% del PIB durante el año pasado y se esperaba que este llegara a 0,6% del PIB; unas cifras no vistas desde hace varios años. Pero llegó la pandemia y puso al Gobierno Nacional, los gremios económicos y a las universidades a rehacer las cuentas, pues nadie contaba con la cuarentena, el aislamiento social y las restricciones nunca vistas para contener el avance del virus.

Incluso nadie vio venir tampoco la caída de los precios del petróleo, circunstancias que obligan a un ajuste macroeconómico urgente del país.
Casi todos los centros de investigación económica del sistema financiero, de las universidades y de la banca multilateral plantean que es un hecho que el déficit para 2020 pasará de 2,2% del PIB a un rango entre 4,2% y 5,1% del PIB, que incluiría un gasto contracíclico de entre $15 y $20 billones. Vale la pena decir que el déficit permitido para el próximo año aumentaría a un rango entre 2,9% y 3,9% del PIB, muy lejos del 1,8% que proyectaba el marco fiscal de mediano plazo.

Así las cosas, si el crecimiento es 0%, la brecha sería de -6% del PIB este año, pero si se contrae 2% -como dice el Banco Mundial- podría llegar a -8% del PIB. Una situación que obliga a cambiar la partitura que venía ejecutando el Ministerio de Hacienda, pues las necesidades de inversión y de responder a los compromisos de subsidios son muy superiores a los ingresos de la Nación.
La situación de la economía colombiana obliga a hablar de una nueva reforma tributaria para mantener un rumbo saludable que le permita al país mantener el amenazado grado de inversión y poder honrar las ayudas al sector privado y a varios segmentos de la población afectados por la inevitable situación.

Ahora bien, es a penas lógico que no se hable de más impuestos en medio de una cuarentena cuando no se puede producir un peso y hay muchos sectores golpeados, pero sí es el momento para revisar algunas cosas que se han escuchado dispersas como equilibrar la cancha en la escena parafiscal, en los tributos de las universidades, de las fundaciones y todas esas exenciones que han mantenido al país en permanente discusión tributaria desde hace casi tres años.

No podemos esperar que la normalidad sea la misma a la de años y meses pasados; la sociedad se enfrentará a partir de mayo a una nueva situación en términos de negocios, el miedo y la estigmatización a las multitudes y el contacto; mientras que el Gobierno Nacional debe honrar sus promesas de ayuda a las empresas -grandes o pequeñas- en medio de un necesario nuevo debate tributario en el que todos pongan, pues no hay otro camino para salir de una situación tan compleja y contar con los recursos para los años que vienen.

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