martes, 25 de agosto de 2020

La economía no podía seguir capturada por las inoficiosas cuarentenas que ya cumplieron su papel a medias, extenderlas hubiera sido un suicidio para el empleo y la gestión empresarial

EditorialLR

La hoja de ruta para el futuro inmediato de cómo evitar los contagios y la propagación del covid-19, no debe ser distinta a recomendarles a todos los colombianos máximo cuidado atendiendo el distanciamiento social, el uso del tapabocas y evitar las multitudes y aglomeraciones. En pocas palabras: “hay que actuar en los espacios públicos como si todo lo que nos rodea es portador del virus, y que toda superficie está contaminada”. No hay otra manera de seguir la vida adelante, volver a la normalidad y evitar la catástrofe económica que amenaza con profundizarse. Todo indicaba que entre abril y mayo se había tocado fondo, pero la realidad es que julio y agosto no serán buenos meses para la actividad económica. Lo peor es que la receta empleada por el Gobierno Nacional con el Ministerio de Salud a la cabeza -más las alcaldías- de decretar cuarentenas a diestra y siniestra para evitar los contagios y las muertes no le ha funcionado al país, solo es mirar las cifras y darse cuenta de que Colombia aplicó la cuarentena más larga del mundo sin sentido y que poco a poco se aproxima a ser el quinto país con más contagios. En pocas palabras, de nada valió asfixiar el comercio y la economía en general argumentando protección sanitaria si al final sólo se consiguió un decrecimiento histórico del PIB.

Esta semana se vencía la emergencia sanitaria que buscaba contrarrestar el coronavirus, planeada hasta el 31 de agosto, por lo tanto había que cambiar la receta desde el 1 de septiembre porque la salud mental de las personas aisladas, sin libertad de movimiento y sin empleo, es un problema mayor en el corto plazo. Hay sectores que ganan con el miedo, la incertidumbre y la crisis económica, esos mismos que atacan el modelo económico y basan sus ideas políticas en que el caos nunca muera; no se puede caer en que la inteligencia social es bruta y que la gente no se cuidará por sus propios medios; es el momento de dejarle la responsabilidad a cada uno de los individuos, al tiempo que el Gobierno Nacional, los mandatarios locales y regionales deben garantizar la atención médica adecuada y buenos tratamientos dentro de los desarrollos científicos universales.

Las cuarentenas deben ser cosa del pasado, una suerte de primera fase de prevención social para evitar los contagios, que ya caducó. Quizá surtieron efecto como una barrera de contención en algunas poblaciones, pero nadie sabrá si funcionaron o no, a la luz de los resultados de contagios en los que el país lidera la región y solo países de mucha población nos superan, generando dudas sobre el método aquí empleado. Mucho del fracaso de la cuarentena se debe a la desobediencia social, a la falta de compromiso de la gente, a los constantes ataques a la institucionalidad que vela por el deber cívico, entre otros defectos que hacen de Colombia un país en desarrollo. Quizá en Europa o el sudeste asiático las cosas sí funcionaron solo decretando la cuarentena, pero aquí las cosas son a otro precio, por la debilidad de esas instituciones blandas que hacen que no haya funcionamiento social y respeto, sin tener la presencia de un policía vigilante para cumplir las leyes. Hubiera sido un enorme error alargar la cuarentena en septiembre e incluso la desobediencia civil se hubiera cernido entre los comerciantes que ven cómo las deudas los ahogan y los bancos, crecer la cartera de los no pagos. Un momento de mucho cuidado.

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